domingo, 23 de octubre de 2016

Cuando la violencia expulsa a la familia del fútbol



El fútbol nació para reunir.

Para compartir una pasión, para encontrarse, para vivir emociones intensas dentro de un espacio que, en teoría, debería pertenecer a todos.

Sin embargo, desde hace tiempo, muchas familias viven el fútbol a distancia.

No porque no lo amen.

No porque hayan perdido interés.

Sino porque sienten que el estadio dejó de ser un lugar seguro.

Y esa es una derrota mucho más profunda de lo que solemos admitir.

Cuando una madre o un padre decide que es mejor ver un partido por televisión que llevar a sus hijos a la cancha, no está eligiendo comodidad.

Está tomando una decisión de protección.

Está diciendo, en el fondo, que el fútbol ya no le ofrece garantías mínimas para disfrutarlo en paz.

Eso debería avergonzarnos.

Porque no hablamos solamente de episodios aislados de violencia.

Hablamos de una cultura que durante años fue normalizando agresiones, amenazas, insultos, zonas liberadas, consumo problemático, impunidad y una tensión permanente que nada tiene que ver con el juego.

El problema no empieza en el estadio.

El estadio muchas veces apenas refleja lo que una sociedad viene tolerando fuera de él.

Cuando la violencia se convierte en costumbre, cuando el insulto se celebra, cuando el otro deja de ser rival para convertirse en enemigo, el fútbol deja de ser una fiesta popular y empieza a transformarse en un territorio hostil.

Y en ese territorio, la familia sobra.

Los niños sobran.

La convivencia sobra.

La alegría tranquila de ir a ver un partido sobra.

Entonces queda solo una pasión deformada por el miedo, por la agresividad y por una idea equivocada de pertenencia.

Durante mucho tiempo se dijo que esto era inevitable.

Que el fútbol siempre fue así.

Que la pasión no puede controlarse.

Que las rivalidades forman parte del espectáculo.

Pero una cosa es la pasión y otra muy distinta es la violencia.

Una cosa es el fervor popular y otra la naturalización del peligro.

Una cosa es alentar con intensidad y otra aceptar que ir a un estadio implique exponerse a humillaciones, amenazas o situaciones de riesgo.

Ninguna familia debería tener que evaluar si vale la pena correr ese riesgo para ver jugar a su equipo.

Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre.

Muchos padres ya no piensan en comprar entradas.

Piensan en dónde estacionar para salir rápido.

Piensan en qué tribuna evitar.

Piensan en cómo entrar, en cómo salir, en qué camiseta no conviene usar, en si es mejor no llevar a los niños, en si vale la pena exponerse por noventa minutos de fútbol.

Cuando el aficionado empieza a pensar más en la seguridad que en el partido, el problema ya dejó de ser deportivo.

Es social, cultural e institucional.

Porque no se trata solo de barras o de delincuencia organizada.

Sería demasiado fácil reducir todo a un grupo visible y reconocible.

También existe violencia en el lenguaje, en las tribunas, en ciertos programas, en redes sociales, en dirigentes que miran para otro lado, en autoridades que reaccionan tarde y en una tolerancia colectiva que termina aceptando lo inaceptable.

La violencia no se combate únicamente con más policías o más cámaras.

Eso puede ser necesario, pero no suficiente.

Se combate también con educación, con límites claros, con sanciones reales, con clubes responsables y con un cambio cultural que vuelva a colocar a la persona en el centro.

Si el fútbol expulsa a las familias, se empobrece.

Pierde humanidad.

Pierde diversidad.

Pierde infancia.

Pierde futuro.

Porque un niño que no puede ir tranquilo a la cancha con su familia no solo pierde una salida.

Pierde una experiencia emocional, un recuerdo, una forma de pertenecer sanamente a una comunidad.

El fútbol necesita recuperar ese espacio.

Necesita volver a ser un lugar donde un niño pueda emocionarse sin miedo, donde una madre no tenga que vivir el partido con tensión y donde un padre no sienta que proteger a su familia significa renunciar a la cancha.

Eso no se logrará con discursos vacíos.

Hace falta decisión política, valentía institucional y una transformación cultural que deje de romantizar la violencia como si fuera parte inevitable del folclore.

No lo es.

Nunca debió serlo.

La verdadera pasión no expulsa.

La verdadera pasión convoca.

El verdadero amor por un club no se demuestra sembrando miedo, sino construyendo pertenencia.

Y pertenencia significa que todos puedan estar.

Los niños.

Las madres.

Los padres.

Los abuelos.

Los jóvenes.

Todos.

El día en que una familia vuelva a elegir la cancha sin sentir temor, el fútbol habrá recuperado algo más importante que público.

Habrá recuperado sentido.

Porque el fútbol no debería ser un lugar del que la familia se aleja para cuidarse.

Debería ser, precisamente, uno de los lugares donde una familia puede encontrarse para vivir la alegría de estar junta.

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