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El fútbol habla de salud mental después de las tragedias, pero todavía no sabe proteger a las personas antes de que llegue el minuto de silencio.
Bruno Betancor murió a los 22 años.
Unos días antes, en las redes ya habían decidido quién era.
No por su historia.
No por lo que había hecho durante toda su vida.
No por aquello que todavía soñaba hacer.
Una cámara lo registró mientras realizaba una prueba en Deportivo Riestra, en Argentina. Las imágenes comenzaron a circular acompañadas por la acusación de que se había llevado ropa perteneciente a otros futbolistas.
A partir de ese momento, el resto pareció importar muy poco.
No importaba conocer el contexto.
No importaba escuchar su versión.
No importaba saber qué había sucedido antes ni qué ocurrió después.
El video alcanzaba.
En pocas horas, Bruno dejó de ser un joven futbolista que buscaba una oportunidad.
Dejó de ser una persona de 22 años.
Muchos no conocían su historia.
Probablemente ni siquiera recordaban su apellido.
Pero hablaban de él como si lo conocieran de toda la vida.
Un titular.
Una burla.
Un personaje creado para alimentar durante algunas horas esa enorme maquinaria que necesita producir cada día un nuevo escándalo, un nuevo culpable y una nueva persona sobre la cual descargar nuestras frustraciones.
Después llegó la noticia de su muerte.
Deportivo Italiano informó que había sufrido un paro cardiorrespiratorio.
Eso es lo que sabemos.
No sabemos si el episodio anterior tuvo alguna relación con su estado emocional.
No sabemos si atravesaba otros problemas.
No sabemos qué ocurrió en sus últimas horas.
Y no tenemos derecho a completar esos espacios vacíos con nuestra imaginación.
Bruno no puede ser colocado dentro de una lista de suicidios porque no existe una confirmación pública que permita hacerlo.
Sería irresponsable.
Sería utilizar su muerte para construir una historia perfecta.
Sería volver a convertirlo en contenido.
Sin embargo, después de comunicar su fallecimiento, el propio Deportivo Italiano publicó un mensaje sobre salud mental.
Sus jugadores hablaron de aquello que puede esconderse detrás de una camiseta.
Hablaron del peso de las palabras.
Pidieron responsabilidad en el uso de las redes sociales.
Recordaron que detrás de cada futbolista existe una persona que siente, lucha y también sufre.
La secuencia, como mínimo, llama la atención.
Primero, el comunicado sobre un paro cardiorrespiratorio.
Después, un mensaje sobre salud mental, palabras y redes sociales.
¿Por qué el club sintió la necesidad de hacerlo?
No lo sabemos.
Tal vez existan respuestas que pertenecen exclusivamente a su familia, a sus compañeros y a su intimidad.
Y allí debemos detenernos.
Este artículo no busca descubrir cómo murió Bruno Betancor.
Busca preguntarse cómo estamos tratando a quienes todavía están vivos.
Porque existe algo que no necesita ninguna investigación.
Un día, su imagen recorrió medios y redes para acusarlo, ridiculizarlo y juzgarlo.
Pocos días después, esas mismas redes compartieron su fotografía para despedirlo.
Primero fue contenido.
Después volvió a ser persona.
Demasiado tarde.
El nuevo tribunal del pueblo
Nos gusta pensar que hemos evolucionado.
Miramos hacia otros siglos y nos horrorizamos ante aquellas plazas públicas donde una persona era expuesta, humillada, juzgada y decapitada frente a una multitud.
Nos parece barbarie.
Nos parece algo propio de una sociedad cruel y primitiva.
Sin embargo, quizás no hayamos cambiado tanto.
Solamente sustituimos la plaza por una pantalla.
La multitud ya no necesita reunirse alrededor de una ejecución pública” .
Ahora cabe dentro de un teléfono.
Ya no arrojamos piedras.
Arrojamos palabras.
Ya no esperamos una investigación.
Esperamos un video.
Ya no necesitamos escuchar a las partes.
Nos alcanza con un título que nos indique sobre quién debemos descargar nuestras frustraciones durante las próximas horas.
Después comienza el juicio.
Uno acusa.
Otro insulta.
Otro se burla.
Otro comparte.
Otro agrega un dato que no conoce.
Otro inventa una explicación.
Otro pide un castigo.
Personas que jamás hablaron con aquel ser humano se sienten capacitadas para explicar quién es, qué hizo, por qué lo hizo y qué merece.
El teclado se ha convertido en el martillo de un gigantesco tribunal popular.
Pero algunas veces es algo todavía más peligroso.
Es un arma cargada.
Apretamos la tecla “publicar” con la misma facilidad con la que alguien podría apretar un gatillo.
Disparamos una frase.
Después seguimos deslizando el dedo por la pantalla.
No vemos dónde cae la bala.
No vemos la casa en la que entra.
No vemos el rostro de quien la recibe.
No vemos a su madre, a sus hijos, a su pareja o a sus amigos.
No vemos la habitación en la que esa persona queda sola cuando termina el ruido.
No conocemos las otras derrotas que ya llevaba sobre los hombros antes de que decidiéramos agregarle la nuestra.
¿Somos asesinos virtuales?
Tal vez la expresión sea demasiado fuerte.
Utilizarla como una sentencia también sería caer en la misma facilidad de juzgar que estamos cuestionando.
Un comentario cruel no explica por sí solo una tragedia.
Un suicidio no puede atribuirse únicamente a una frase, una derrota deportiva, una separación, un problema económico o una humillación pública.
Es un fenómeno complejo y multicausal.
Pero aceptar esa complejidad no significa declarar inocente al entorno.
Las palabras pesan.
La humillación pesa.
La exposición pública pesa.
El miedo pesa.
La soledad pesa.
Sentir que una multitud se ríe de uno también pesa.
Nunca sabemos cuánto peso llevaba ya la persona sobre la cual acabamos de colocar nuestra última piedra.
Quizás no seamos asesinos virtuales.
Pero demasiadas veces somos tiradores que prefieren no mirar hacia dónde disparan.
Cuando una vida se convierte en contenido
Vivimos en una época en la que todo debe ser visto.
Todo debe ser fotografiado.
Todo debe ser filmado.
Todo debe ser compartido.
Aquello que no aparece en una pantalla parece no haber sucedido.
Y aquello que aparece en ella parece no necesitar ninguna explicación.
Una persona puede haber vivido veinte, cuarenta o setenta años, pero bastan quince segundos para definirla.
Un error.
Una caída.
Una discusión.
Una reacción.
Una imagen fuera de contexto.
Alguien coloca un título.
Otro agrega música.
Otro corta el video en el momento exacto en que produce mayor indignación.
Y la maquinaria comienza a funcionar.
Compartimos antes de comprender.
Opinamos antes de preguntar.
Condenamos antes de conocer.
“Lo vi”, escribe uno del que no se sabe ni el nombre. "Lo conozco del barrio" escribe otro que tiene una foto de perfil de Batman.
Como si ver un fragmento significara conocer una historia completa.
Como si una cámara pudiera mostrar todo lo ocurrido.
Como si aquello que quedó fuera del encuadre nunca hubiera existido.
Lo más preocupante es que muchas veces ni siquiera necesitamos que una acusación sea completamente cierta.
Alcanza con que resulte entretenida.
Alcanza con que genere reacciones.
Alcanza con que produzca comentarios.
Alcanza con que nos permita sentirnos moralmente superiores durante unos minutos.
La indignación también se convirtió en un espectáculo.
Y la crueldad, en una forma de pertenecer.
Nos reímos porque otros se ríen.
Insultamos porque otros insultan.
Condenamos porque la multitud ya condenó.
Cuando todos participan, cada uno siente que la responsabilidad pertenece a otro.
Pero la máquina no funciona sola.
Cada video fue publicado por alguien.
Cada titular fue elegido por alguien.
Cada insulto fue escrito por una persona.
Cada usuario tuvo, aunque fuera durante algunos segundos, la posibilidad de detenerse.
Y no lo hizo.
Después, cuando ocurre una tragedia, buscamos responsables.
Señalamos al club.
Al entrenador.
A la familia.
A los medios.
A las redes sociales.
A la sociedad.
A cualquiera que nos permita quedar fuera.
Pero las redes sociales no son un ser extraño que actúa por sí mismo.
Las redes somos nosotros.
Nuestros dedos.
Nuestras palabras.
Nuestra necesidad de participar.
Nuestra incapacidad para guardar silencio cuando no sabemos.
Los nombres que el fútbol no debería olvidar
Bruno Betancor no debe formar parte de la lista que viene a continuación.
Es necesario repetirlo para no establecer una relación que no ha sido demostrada.
Pero cuando hablamos de salud mental y suicidio en el fútbol uruguayo existen nombres que no deberían permanecer escondidos detrás de un minuto de silencio.
Gilson Madruga.
Santiago “Morro” García.
Williams Martínez.
Emiliano Cabrera.
Maximiliano Castro.
Waldemar Victorino.
Gastón Machado.
Diego Galo.
Mathías Acuña.
No son personajes de una misma historia.
No tenían la misma edad.
No vivieron las mismas circunstancias.
No atravesaron los mismos problemas.
No se puede tomar cada una de esas muertes y colocarlas dentro de una única explicación.
Pero tampoco podemos continuar tratándolas como episodios completamente aislados, como si el fútbol no tuviera ninguna pregunta que formularse.
En 2021, las muertes de Santiago García, Williams Martínez, Emiliano Cabrera y Maximiliano Castro sacudieron al fútbol uruguayo en pocos meses.
Cuatro muertes.
Cuatro familias.
Cuatro historias.
Cuatro minutos de silencio.
Después llegaron otras.
Waldemar Victorino, uno de los grandes nombres de la historia del fútbol uruguayo.
Gastón Machado, entrenador de extensa trayectoria.
Diego Galo, futbolista de 29 años.
Mathías Acuña, hallado sin vida en Ecuador a comienzos de 2025.
Antes habían estado Gilson Madruga y otros nombres que el tiempo fue dejando fuera de la memoria colectiva.
Al otro lado del Río de la Plata, el fútbol argentino también fue golpeado por las muertes de Alberto Vivalda, Mirko Saric, Sergio Schulmeister y Julio César Toresani.
Distintas generaciones.
Distintas trayectorias.
Distintos momentos de la vida.
Seres humanos que habitaron un ambiente que admira la fortaleza, pero que todavía tiene enormes dificultades para aceptar la fragilidad.
¿Cuántos nombres necesita el fútbol para comprender que algo está sucediendo?
¿Cuántas fotografías en blanco y negro?
¿Cuántos homenajes?
¿Cuántas familias destrozadas?
¿Cuántas veces volveremos a decir que nadie había advertido nada?
Uruguay registró durante 2025 un total de 668 muertes por suicidio.
Casi dos personas por día.
La cifra descendió con respecto al año anterior, pero no existe motivo alguno para celebrar.
La estadística puede bajar.
La tragedia continúa siendo enorme.
Detrás de cada uno de esos 668 números quedó una silla vacía.
Una madre.
Un padre.
Un hijo.
Un hermano.
Una pareja.
Un amigo intentando comprender algo que quizás nunca encuentre una explicación completa.
El fútbol no vive fuera de esa sociedad.
El fútbol forma parte de ella.
Y quizás en un ambiente que durante décadas enseñó a resistir, callar, no llorar y demostrar carácter, resulte todavía más difícil pronunciar dos palabras aparentemente sencillas: Necesito ayuda.
Medimos todo, menos lo que no se ve
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Cuántos kilómetros recorrió.
A qué velocidad corrió.
Cuántas veces aceleró.
Cuánto descansó.
Cuál fue su frecuencia cardíaca.
Qué porcentaje de grasa posee.
Cómo respondió cada músculo durante un entrenamiento.
Cuánto tiempo necesita para recuperarse.
Qué posibilidades existen de que sufra una lesión.
Puede colocar sensores, cámaras y dispositivos sobre el futbolista y convertir cada movimiento en un dato.
Puede calcular cuánto vale hoy.
Cuánto podría valer dentro de dos años.
Cuánto dinero perdería el club si se lesiona.
Pero todavía tiene enormes dificultades para reconocer cuándo una persona se está rompiendo por dentro.
Una fractura aparece en una radiografía.
Una lesión muscular aparece en una resonancia.
Una rotura de ligamentos puede confirmarse mediante un estudio.
El sufrimiento emocional puede esconderse detrás de una sonrisa.
Detrás de una broma en el vestuario.
Detrás de un gol.
Detrás de una fotografía en Instagram.
Detrás de un automóvil costoso.
Detrás de una respuesta que todos aceptamos demasiado rápido:
—Estoy bien.
No siempre está bien quien sonríe.
No siempre está bien quien entrena.
No siempre está bien quien juega todos los domingos.
No siempre está bien quien gana mucho dinero.
No siempre está bien quien tiene miles de seguidores.
Hemos confundido bienestar con imagen.
Vemos el contrato.
La casa.
La ropa.
Los viajes.
Los aplausos.
Y pensamos que un futbolista no tiene derecho a sentirse mal.
“¿Cómo puede estar deprimido si tiene todo?”
Tal vez porque nunca tuvo todo.
Porque tener dinero no elimina la soledad.
Porque ser conocido no significa ser querido.
Porque los aplausos de un estadio no acompañan necesariamente a una persona cuando regresa a su casa.
Porque una carrera deportiva también está formada por lesiones, contratos que terminan, representantes que desaparecen, promesas incumplidas, separaciones familiares, mudanzas y el miedo permanente a dejar de servir.
Y porque detrás de las grandes figuras existe una enorme mayoría de futbolistas que no cobra millones.
Jugadores con contratos precarios.
Futbolistas que esperan meses para recibir un salario.
Jóvenes que abandonaron los estudios persiguiendo un sueño que pocas veces se cumple.
Hombres que a los treinta y pocos años deben comenzar otra vida sin preparación, sin dinero y sin saber quiénes son cuando dejan de vestir una camiseta.
El fútbol sabe preparar a un jugador para debutar.
No siempre sabe prepararlo para fracasar.
Lo acompaña cuando firma.
No siempre cuando queda libre.
Le enseña a competir.
No necesariamente a perder.
Lo presenta cuando llega.
Pero muchas veces deja de llamarlo cuando ya no sirve.
La psicología como adorno
Los clubes hablan cada vez más de formación integral.
De valores.
De familia.
De cuidar a la persona antes que al deportista.
Pero la verdadera importancia que una institución concede a algo no se descubre en sus discursos.
Se descubre en su estructura.
En su presupuesto.
En aquello que considera imprescindible cuando el dinero no alcanza.
El cuerpo técnico.
La preparación física.
La sanidad.
El análisis de rendimiento.
La comunicación.
El marketing.
Las redes sociales.
¿Y el psicólogo?
¿Tiene una presencia estable?
¿Está disponible para todos los futbolistas?
¿Trabaja con las divisiones juveniles?
¿Acompaña al jugador lesionado?
¿Habla con quien queda libre?
¿Ayuda a quien regresa del extranjero sintiendo que fracasó?
¿Está presente cuando llega el retiro?
¿Posee verdadera independencia y confidencialidad?
¿O aparece algunas horas por semana, ofrece una charla ocasional y es llamado solamente cuando la crisis ya explotó?
La prevención tiene una enorme desventaja dentro de la lógica del fútbol:
Aquello que logra evitar nunca aparece en la tabla de posiciones.
Escuchar a un jugador no marca goles.
Acompañarlo durante una lesión no produce un ingreso inmediato.
Evitar una crisis no genera titulares porque la tragedia que no ocurrió jamás será noticia.
Por eso es tan fácil recortar allí.
No tengo nada contra los community managers.
La comunicación es necesaria.
Tampoco contra el coaching cuando se realiza con seriedad y dentro de los límites de su función.
Pero no son psicólogos.
Un encargado de comunicación cuida la imagen.
Un entrenador motivacional puede trabajar sobre objetivos o liderazgo.
Un profesional de la salud mental cuida la salud mental.
No son intercambiables.
Una frase motivadora no trata una depresión.
Un video emocional no resuelve una crisis de ansiedad.
Una charla anual no reemplaza un acompañamiento permanente.
Una campaña en redes sociales no constituye por sí sola una política institucional.
Resulta paradójico que un club pueda contratar a alguien para controlar qué se dice sobre sus jugadores en las redes, pero no siempre tenga a alguien disponible para escuchar qué sienten esos jugadores cuando apagan el teléfono.
Contratamos profesionales para cuidar la imagen del futbolista.
Pero no necesariamente para cuidar a la persona que sostiene esa imagen.
Gestionamos la crisis pública.
No siempre sabemos acompañar la crisis humana.
Y cuando llega el momento de reducir el presupuesto, muchas veces se prescinde precisamente de quien podría sostener a esos seres humanos.
Después aparecen otros especialistas.
Más comunicación.
Más motivación.
Más frases.
Más contenido.
Pero el problema continúa debajo.
Porque nunca fue un problema de imagen.
Era un problema de fondo.
La fortaleza entendida como silencio
Durante décadas, el fútbol construyó una idea muy particular de la fortaleza.
El jugador debía soportar.
Jugar lesionado.
No quejarse.
No llorar.
No mostrar miedo.
No reconocer que estaba cansado.
No decir que se sentía solo.
Mucho menos admitir que necesitaba ayuda psicológica.
Había que tener carácter.
Ser fuerte.
“Ser hombre”.
Como si el sufrimiento emocional fuera una falla moral.
Como si consultar a un psicólogo significara estar loco.
Como si pedir ayuda pudiera poner en duda la capacidad para competir.
Esa cultura todavía no desapareció.
Tal vez ahora utilicemos palabras más modernas.
Hablemos de bienestar.
De gestión emocional.
De fortaleza mental.
Pero muchos jugadores siguen temiendo que reconocer una dificultad pueda costarles su lugar.
¿Puede un futbolista decirle al entrenador que no se encuentra bien sin pensar que otro ocupará su puesto?
¿Puede hablar con el psicólogo del club sabiendo que la conversación será confidencial?
¿Puede admitir que siente miedo sin ser considerado débil?
¿Puede pedir ayuda antes de que su rendimiento disminuya?
Porque si un jugador solo puede hablar cuando ya no juega bien, entonces no estamos cuidando a la persona.
Estamos intentando recuperar el activo.
La salud mental debe estar presente mucho antes.
Cuando un niño llega por primera vez a un club.
Cuando un adolescente abandona su casa para vivir en una pensión.
Cuando no queda seleccionado.
Cuando firma su primer contrato.
Cuando se lesiona.
Cuando pierde la titularidad.
Cuando recibe insultos.
Cuando se convierte en tendencia.
Cuando emigra.
Cuando regresa.
Cuando termina su contrato.
Cuando descubre que nadie vuelve a llamarlo.
Cuando se retira y deja de escuchar los aplausos.
No como respuesta a una tragedia.
Como parte de la vida cotidiana.
El minuto de silencio dura un minuto
Cuando muere un futbolista, el fútbol se detiene.
Durante un minuto.
Los clubes publican comunicados.
Los jugadores se abrazan con un brazalete en el brazo.
La tribuna guarda silencio.
Aparecen las fotografías en blanco y negro.
Los mensajes de condolencias.
Las frases sobre la importancia de pedir ayuda.
Durante unos instantes todos recuerdan que detrás de la camiseta había una persona.
Después el árbitro hace sonar el silbato.
El show debe continuar.
La pelota vuelve a rodar.
Llega la siguiente fecha.
Otro resultado.
Otra polémica.
Otro video.
Otro ser humano para juzgar.
La maquinaria continúa.
Pero para la familia no existe un partido siguiente.
No hay una nueva fecha que permita empezar de cero.
Quedan las habitaciones.
Los objetos.
Los mensajes.
Las conversaciones pendientes.
Los cumpleaños.
Las preguntas.
Queda una ausencia que no termina cuando finaliza el minuto de silencio.
Luego de algunos días, la noticia desaparece.
La persona fue velada.
Enterrada.
Comentada.
Juzgada.
Olvidada.
Y finalmente reemplazada por la siguiente noticia.
Pero las familias permanecen allí.
Destrozadas.
Muchas veces solas.
Muchas veces olvidadas por el mismo mundo que durante algunos días les prometió acompañamiento.
La prevención debe comenzar antes de la tragedia.
Pero la responsabilidad no termina después de ella.
También es necesario acompañar a las familias, a los compañeros, a los entrenadores y a los jóvenes que compartieron un vestuario y que quizás no saben cómo procesar lo ocurrido.
No basta con repetir:
“Hay que pedir ayuda”.
También debemos responder:
¿A quién?
¿Dónde?
¿En qué momento?
¿Con qué garantías?
¿Quién escucha?
¿Quién acompaña?
¿Quién permanece cuando las cámaras se van?
Criticar no es destruir
No se trata de prohibir la crítica.
La crítica forma parte del fútbol.
Se puede analizar el rendimiento de un jugador.
Se puede cuestionar una decisión.
Se puede discutir el trabajo de un entrenador.
Se puede investigar una conducta.
Se puede denunciar un hecho.
Se puede exigir responsabilidad.
Pero criticar no significa destruir.
Investigar no significa condenar antes de escuchar.
Informar no significa humillar.
La libertad de expresión tampoco nos libera de la responsabilidad por aquello que hacemos con nuestras palabras.
Antes de publicar deberíamos hacernos una pregunta sencilla:
¿Diría lo mismo si esa persona estuviera sentada frente a mí?
Quizás entonces cambiaríamos algunas palabras.
Quizás eliminaríamos otras.
Quizás comprenderíamos que del otro lado no existe un personaje creado para nuestro entretenimiento.
Existe alguien.
Alguien que puede haberse equivocado.
Alguien que deberá responder por sus actos cuando corresponda.
Pero alguien que continúa siendo una persona.
No sabemos qué batalla está atravesando quien recibe nuestras palabras.
No sabemos cuál será la última piedra que ya no podrá soportar.
No podemos asumir que un comentario decide por sí solo el destino de una vida.
Pero sí podemos hacernos responsables de nuestra propia mano.
De nuestro propio teclado.
De aquello que elegimos escribir.
El teclado puede ser el martillo con el que juzgamos.
Puede convertirse en un arma cargada.
Pero también puede ser una mano tendida.
Puede preguntar:
—¿Cómo estás?
Puede decir:
—No estás solo.
Puede abrir una puerta.
Puede acercar ayuda.
Puede salvar.
El problema nunca fue solamente la herramienta.
El problema es qué decidimos hacer con ella.
Bruno Betancor no puede ser utilizado para afirmar aquello que no sabemos.
Pero lo ocurrido durante sus últimos días públicos debería incomodarnos.
Primero, una grabación suya circuló por medios y redes para acusarlo y ridiculizarlo.
Después, su fotografía fue compartida para despedirlo.
Primero fue una imagen.
Después fue una vida.
El fútbol no necesita menos pasión.
Necesita más humanidad.
Necesita psicólogos con presencia real dentro de los clubes.
Necesita entrenadores preparados para escuchar.
Necesita dirigentes capaces de mirar más allá del próximo resultado.
Necesita medios conscientes del poder de un titular.
Necesita usuarios que comprendan que cada publicación puede entrar en la vida de una persona que no conocen.
Necesita dejar de romper seres humanos para homenajearlos después.
Porque si para alimentar el espectáculo necesitamos triturar a quienes lo hacen posible, entonces ya no estamos hablando de deporte....
Estamos hablando de una máquina de picar carne.
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