sábado, 8 de agosto de 2026

SAFEGUARDING EN EL FÚTBOL URUGUAYO BAJO LA LUPA | CAP. 1: DE UNA POLÍTICA A UN SISTEMA

DE UNA POLÍTICA A UN SISTEMA:
QUÉ APROBÓ LA AUF Y QUÉ ESTABLECE FIFA


En marzo de 2026 FIFA aprobó una nueva Política de Safeguarding. 
(Politica de Salvaguardia)

En julio, la Asociación Uruguaya de Fútbol aprobó su propia Política de Salvaguarda.(Aprobación de la Política de Salvaguarda 2026)

A primera vista podría parecer simplemente la adaptación local de una nueva normativa internacional.

Pero cuando ambos documentos se colocan uno al lado del otro comienzan a aparecer preguntas que merecen bastante más que una lectura superficial.

Porque safeguarding no es solamente tener un protocolo para actuar cuando un niño denuncia que algo ocurrió.

Es construir un sistema para intentar que ese daño no ocurra.

Y esa diferencia cambia prácticamente todo.

¿QUÉ ESTAMOS ANALIZANDO?



Antes de avanzar conviene aclarar de qué hablamos.

Safeguarding es el conjunto de políticas, procedimientos, estructuras y acciones destinadas a prevenir y responder frente a situaciones que puedan provocar daño, abuso, negligencia, explotación, acoso, discriminación u otras formas de violencia dentro del deporte.

No comienza con una denuncia.

Comienza antes.

En la selección de las personas que trabajan con niños.

En los códigos de conducta.

En la formación.

En los límites entre adultos y menores.

En la evaluación de riesgos.

En los viajes.

En los vestuarios.

En los alojamientos.

En las comunicaciones privadas.

En las redes sociales.

En la supervisión.

Y, naturalmente, también en la capacidad de reaccionar correctamente cuando aparece una sospecha o una denuncia.

Ese es el punto de partida de esta serie.

LA AUF DICE SEGUIR LOS ESTÁNDARES FIFA

Hay una frase del propio documento uruguayo que convierte esta comparación en especialmente relevante.

La AUF sostiene que adopta su marco de acción en “estricto apego a los estándares y directrices” de FIFA y CONMEBOL.

Y cuando establece el marco normativo aplicable vuelve a citar como referencia la reglamentación de safeguarding de FIFA y los documentos y herramientas relacionados con la protección de niños, niñas y adolescentes.

Por tanto, no estamos utilizando la Política FIFA como una vara arbitraria para juzgar a la AUF.

Es la propia AUF la que reconoce ese estándar como referencia.

La pregunta, entonces, es legítima:

¿hasta qué punto fue trasladado al fútbol uruguayo?

NO ES UNA RECOMENDACIÓN: LA POLÍTICA AUF ES OBLIGATORIA

Esto es probablemente lo primero que debe entenderse.

La nueva Política de Salvaguarda AUF no se presenta como una campaña institucional ni como una lista de buenas intenciones.

El documento establece expresamente que su cumplimiento es obligatorio.

Y cuando determina a quién alcanza, incluye personas físicas y jurídicas relacionadas con actividades organizadas por AUF o sus instituciones miembro.

La enumeración menciona expresamente a clubes y ligas afiliadas.

También comprende dirigentes, entrenadores, médicos, fisioterapeutas, funcionarios, árbitros, voluntarios, jugadores, padres, tutores, proveedores y terceros relacionados con la actividad.

Por tanto, desde su entrada en vigencia existe algo que antes no existía con esta claridad:

los clubes forman parte del ámbito obligatorio del safeguarding AUF.

Pero ahí aparece inmediatamente el primer problema.

¿Qué significa concretamente que un club “cumpla”?

LO QUE FIFA DICE SOBRE LOS CLUBES


La Política FIFA de marzo de 2026 es mucho más precisa sobre este punto.

Su alcance comprende confederaciones, federaciones miembro, asociaciones regionales, ligas y clubes.

Pero FIFA no se limita a decir que esas organizaciones quedan alcanzadas por una política superior.

Establece que son responsables de desarrollar e implementar sus propias políticas de safeguarding, adaptadas a la legislación nacional y a los principios y orientaciones de FIFA.

Y en el resumen ejecutivo va todavía más lejos.

FIFA señala que las federaciones y sus stakeholders —incluidos clubes y ligas— deberían:

tener sus propias políticas de safeguarding;

  • designar responsables capacitados;
  • implementar contratación segura;
  • identificar y gestionar riesgos;
  • proporcionar formación;
  • establecer mecanismos de denuncia;
  • desarrollar sistemas adecuados de gestión de casos.

Aquí aparece una diferencia conceptual importante.

Para FIFA, el club no es simplemente un destinatario pasivo de la política de la federación.

Forma parte de la estructura activa de protección.

EL PRIMER GRAN VACÍO

La AUF establece que su Política es obligatoria para clubes y ligas.

Pero en las seis páginas del documento no encontramos una disposición que diga expresamente:

“Cada club deberá aprobar su propia Política de Salvaguarda”.

Tampoco encontramos:

“Cada club deberá designar un Responsable u Oficial de Salvaguarda”.

Ni: “Cada club deberá disponer de un Código de Conducta”.

Ni: “Cada club deberá aplicar procedimientos de contratación segura”.

Ni: “Cada club deberá presentar evaluaciones de riesgo”.

Ni:“Cada club deberá acreditar ante la AUF que ha implementado estas estructuras”.

Esta diferencia no es semántica.

Una cosa es decirle a una institución: “usted está obligada a cumplir”.

Otra es determinar exactamente qué debe tener, quién debe hacerlo, cómo debe acreditarlo y quién verificará que efectivamente se hizo.

Lo primero crea una obligación general.

Lo segundo construye un sistema.

FIFA DEFINE CONTENIDOS MÍNIMOS

La comparación se vuelve todavía más interesante cuando llegamos al apartado de FIFA dedicado específicamente a las federaciones miembro.

Allí aparece una lista mínima de elementos que deberían formar parte de una política nacional.

Entre ellos:

  • información sobre el Safeguarding Officer o punto focal;
  • garantías de que todo el ecosistema bajo jurisdicción de la federación conoce y cumple la política;
  • códigos de conducta claros para jugadores, padres, tutores, personal y demás actores;
  • educación y formación obligatorias;
  • procesos de contratación segura;
  • información sobre gestión de riesgos;
  • una estructura definida de gobernanza y supervisión;
  • un sistema de gestión de casos que permita afrontar adecuadamente situaciones de acoso y abuso.

La importancia de esta enumeración es enorme.

Porque elimina buena parte de la subjetividad del análisis.

No necesitamos decidir nosotros qué debería contener una estructura de safeguarding.

FIFA ya lo establece.

UN “PUNTO DE CONTACTO VISIBLE” QUE NO SE VE


La Política AUF contempla la designación de un Oficial de Salvaguarda.

Lo define como el “punto de contacto visible” y le atribuye la responsabilidad de coordinar la implementación de la Política y gestionar la respuesta inicial ante los incidentes.

La disposición es correcta.

El problema es lo que viene después.

En las seis páginas no aparece:

su nombre;

su función institucional concreta;

su correo electrónico;

su número telefónico;

ni un mecanismo directo para contactarlo.

Esto resulta especialmente llamativo porque FIFA establece precisamente que entre la información mínima de una política de una Federación Miembro debe encontrarse la identificación de su safeguarding officer o punto focal.

Y aquí aparece una pregunta tan sencilla como difícil de esquivar:

si mañana un niño, una familia o un entrenador necesita comunicar una preocupación de safeguarding, ¿quién es exactamente ese “punto de contacto visible”?

LOS CANALES QUE EXISTEN, PERO NO APARECEN

Algo parecido sucede con los canales de denuncia.

La AUF establece que existirán canales diversos, accesibles y confidenciales.

Habla de correo electrónico, plataforma digital, contacto directo y vía telefónica.

También establece protección frente a represalias, resguardo de identidad y actuación diligente.

Todo eso va en la dirección correcta.

Pero el documento no identifica concretamente ninguno de esos canales.

No aparece el correo.

No aparece el teléfono.

No aparece el formulario.

No aparece el enlace.

Y no aparece el contacto directo del Oficial de Salvaguarda.

El problema no es menor.

Una política puede establecer la obligación de reportar inmediatamente una situación de riesgo.

Pero para que esa obligación funcione debe existir una respuesta elemental:

¿a dónde?

DE LA REACCIÓN A LA PREVENCIÓN

Aquí comenzamos a entrar en una diferencia mucho más profunda entre ambos documentos.

La Política FIFA está organizada alrededor de cinco pilares:

  1. prevención;
  2. respuesta, incluyendo denuncia, investigación, resolución y reparación;
  3. safeguarding durante las competiciones;
  4. monitoreo, evaluación, aprendizaje y participación;
  5. gobernanza y rendición de cuentas.

Esto importa porque coloca la denuncia dentro de un sistema mucho mayor.

La denuncia es necesaria.

Pero llega cuando el riesgo ya apareció.

Safeguarding intenta trabajar también antes.

¿QUIÉN PUEDE TRABAJAR CON UN NIÑO?

FIFA dedica un apartado específico a lo que se denomina “safer recruitment”.

Contratación o selección segura.

No consiste solamente en pedir un certificado de antecedentes.

Incluye procedimientos durante todo el proceso de selección.

Por ejemplo:

  • descripciones claras de los cargos;
  • verificaciones de antecedentes;
  • comprobación de referencias anteriores;
  • declaraciones personales;
  • firma de códigos de conducta;
  • capacitación en safeguarding durante la incorporación.

¿Por qué?

Porque uno de los objetivos centrales de safeguarding es reducir la posibilidad de que una persona inadecuada acceda a una posición de confianza o poder sobre menores.

La Política AUF no desarrolla un sistema equivalente.

Y eso abre otra pregunta:

¿Qué controles mínimos debe realizar hoy un club uruguayo antes de permitir que un adulto trabaje diariamente con niños y adolescentes?

EL CÓDIGO DE CONDUCTA: PREVENIR ANTES DE SANCIONAR

Este será uno de los capítulos centrales de esta investigación.

FIFA considera los códigos de conducta una herramienta esencial de prevención y accountability.

No son simplemente declaraciones éticas.

Sirven para definir conductas esperadas, conductas prohibidas y consecuencias.

Además, FIFA señala expresamente que las políticas de las federaciones deberían disponer de códigos claros para jugadores, padres, tutores, personal y demás stakeholders.

La Política AUF habla de promover “límites en los vínculos profesionales”.

Pero no define esos límites.

No establece dentro del documento reglas concretas sobre:

comunicaciones privadas entre adultos y menores;

  • WhatsApp y redes sociales;
  • fotografías y videos;
  • entrada a vestuarios;
  • contacto físico;
  • transporte individual;
  • alojamiento durante viajes;
  • reuniones a solas;
  • regalos;
  • favoritismos;
  • conductas sexualizadas;
  • bromas humillantes;
  • abuso de relaciones de poder.

Y tampoco obliga expresamente a cada club a aprobar su propio Código de Conducta.

Sin reglas conocidas antes del problema, resulta mucho más difícil prevenirlo después.

CAPACITACIÓN OBLIGATORIA... ¿PARA QUIÉN?

En este aspecto la AUF da un paso importante.

El documento establece que desarrollará un plan sistemático de formación en safeguarding y determina que esa capacitación será obligatoria y periódica.

Eso debe valorarse.

No habla solamente de campañas ocasionales.

Habla de formación obligatoria.

Pero vuelve a aparecer el problema de implementación.

¿Quién debe completarla?

¿Todos los entrenadores?

¿Los coordinadores?

¿Los dirigentes?

¿Los médicos?

¿Los fisioterapeutas?

¿Los delegados?

¿Los voluntarios?

¿Los padres?

¿Cada cuánto debe repetirse?

¿Qué formación es suficiente?

¿Quién la certifica?

¿Puede seguir trabajando con menores una persona que no la haya realizado?

El documento no responde estas preguntas.

LA DENUNCIA: UNO DE LOS PUNTOS MÁS DESARROLLADOS DE AUF

Sería injusto afirmar que la Política AUF carece de mecanismos de actuación.

Los tiene.

Y algunos son importantes.

Establece que cualquier persona que tome conocimiento de una situación de riesgo deberá comunicarla inmediatamente.

Permite reportar no solamente hechos comprobados, sino también sospechas.

Aclara que no es necesario disponer de pruebas para realizar el reporte.

Permite que comunique tanto la persona afectada como un tercero.

Prevé confidencialidad.

Protección frente a represalias.

Evaluación inicial del riesgo.

Atención especial cuando el afectado es un niño, niña o adolescente.

No revictimización.

Seguimiento.

Y registro institucional de los casos.

Todo ello constituye una base válida.

Pero cuando llegamos a la investigación formal vuelve a aparecer una diferencia considerable con FIFA.

¿QUIÉN INVESTIGA?

La AUF establece que recabará información mediante entrevistas, testimonios u otros elementos.

También señala que podrá solicitar apoyo de áreas técnicas cuando corresponda.

Pero no determina dentro de esta política:

quién investiga;

qué formación debe tener;

cómo se garantiza su independencia;

cómo se resuelven conflictos de interés;

quién entrevista a un menor;

qué preparación debe tener ese entrevistador;

si debe intervenir un equipo multidisciplinario;

ni qué plazos existen.

FIFA desarrolla mucho más esta cuestión.

Habla de investigaciones independientes.

Equipos multidisciplinarios.

Entrevistadores e investigadores formados desde una perspectiva informada por trauma.

Apoyo social, clínico y jurídico.

Y asistencia adecuada para víctimas y testigos.

La diferencia entre “recabar información” y construir un sistema especializado de investigación no es pequeña.

Especialmente cuando el caso puede involucrar a una persona con poder dentro de la propia institución.

¿Y SI EL DENUNCIADO ES QUIEN MANDA?

Esta pregunta debería formar parte de cualquier estructura seria de safeguarding.

¿Qué ocurre si la persona denunciada es:

el coordinador de juveniles;

un entrenador importante;

un miembro de la directiva;

el presidente del club;

un funcionario de la AUF;

o alguien jerárquicamente superior al responsable que recibe el reporte?

Precisamente para estas situaciones existen reglas de independencia, recusación, escalamiento y supervisión.

La Política AUF no las desarrolla.

Y en protección de menores, los vacíos institucionales suelen aparecer justamente cuando el problema involucra a personas con autoridad.

SANCIONAR EL HECHO NO ES LO MISMO QUE SANCIONAR EL INCUMPLIMIENTO DEL SISTEMA

AUF establece que, después del análisis de un caso, “se podrán recomendar medidas institucionales o disciplinarias”.

Pero no existe dentro de estas seis páginas una tipificación específica que permita responder preguntas como:

¿Qué ocurre si un club no capacita a quienes trabajan con menores?

¿Qué ocurre si no establece mecanismos internos?

¿Qué pasa si un dirigente conoce una situación y decide callarla?

¿Qué sucede si existen represalias contra quien denuncia?

¿Qué ocurre si un club no adopta medidas inmediatas para proteger al menor?

¿Existe responsabilidad institucional por encubrimiento?

¿Puede una institución perder una licencia?

¿Puede quedar impedida de participar en competiciones juveniles?

¿Quién determina ese incumplimiento?

Una política obligatoria necesita mecanismos capaces de convertir la obligación en una responsabilidad verificable.

EL PROBLEMA NO SON LAS SEIS PÁGINAS

Sería demasiado simple criticar a la AUF porque su documento tiene solamente seis páginas.

Una política puede ser breve.

No existe ninguna regla que diga que un buen sistema de safeguarding deba medirse por su cantidad de hojas.

La verdadera pregunta es otra.

¿Qué existe detrás de esas seis páginas?

Porque perfectamente podrían existir:

manuales operativos;

códigos de conducta;

procedimientos de safer recruitment;

matrices de riesgo;

formularios;

protocolos de entrevistas;

registros de responsables;

programas obligatorios de capacitación;

procedimientos disciplinarios;

auditorías;

criterios de licenciamiento;

y normas complementarias.

Si existen, deben formar parte del análisis.

Si no existen, entonces la dimensión del problema cambia.

LOS CLUBES: EL ESLABÓN QUE FALTA DEFINIR

La AUF hizo algo significativo.

Declaró que su Política de Salvaguarda es obligatoria también para clubes y ligas.

Pero eso abre una responsabilidad nueva.

Ahora debe quedar claro cómo cumple un club.

No debería depender de interpretar seis páginas.

Un club debería poder responder con precisión:

Tenemos una política.

Tenemos un responsable capacitado.

Tenemos un Código de Conducta.

Tenemos un procedimiento de selección segura.

Evaluamos riesgos.

Formamos a nuestro personal.

Sabemos cómo recibir una preocupación.

Sabemos cuándo escalarla.

Sabemos cómo proteger al menor.

Sabemos qué no debemos investigar internamente por nuestra cuenta.

Sabemos a qué autoridades acudir.

Sabemos qué registros conservar.

Y sabemos que alguien externo puede controlar que realmente hagamos todo eso.

Ese es un sistema.

UNA NORMA NO PROTEGE SOLA

Hay un error frecuente cuando se habla de safeguarding.

Pensar que la protección comienza cuando aparece una víctima.

No.

Cuando un niño llega a una institución deportiva, el sistema ya debería estar funcionando.

Antes del primer entrenamiento.

Antes del primer viaje.

Antes del primer vestuario.

Antes del primer mensaje privado de un entrenador.

Antes del primer problema.

Safeguarding consiste precisamente en intentar que las barreras existan antes de que alguien necesite utilizarlas.

EL PRIMER DIAGNÓSTICO

La Política de Salvaguarda aprobada por la AUF representa un paso institucional que no debe minimizarse.

Es obligatoria.

Incluye expresamente a clubes y ligas.

Introduce el deber de reportar.

Prevé capacitación.

Protección.

Evaluación del riesgo.

Confidencialidad.

Seguimiento.

Y registro.

Todo eso existe y debe reconocerse.

Pero al compararla con la arquitectura establecida por FIFA aparecen vacíos importantes.

Responsables dentro de los clubes.

Políticas propias.

Códigos de conducta.

Safer recruitment.

Evaluaciones sistemáticas de riesgo.

Investigación independiente.

Equipos multidisciplinarios.

Gobernanza.

Supervisión.

Sanciones específicas.

Control de cumplimiento.

Y eventualmente licenciamiento.

No todos esos elementos necesariamente deben estar desarrollados dentro de las seis páginas de una política general.

Pero entonces deben existir fuera de ellas.

Y esa será precisamente la tarea de esta serie:

buscar dónde están.

EL BISTURÍ RECIÉN EMPIEZA

No se trata de afirmar que la AUF no hizo nada.

Tampoco de concluir anticipadamente que el sistema no existe.

Se trata de algo más sencillo y, al mismo tiempo, más exigente:

verificarlo.

Documento por documento.

Punto por punto.

Obligación por obligación.

Porque cuando hablamos de niños, niñas y adolescentes, una política no debería medirse por lo que promete.

Debería poder medirse por lo que obliga a hacer, por quién debe hacerlo, por quién controla que se haga y por qué ocurre cuando alguien decide no hacerlo.

En el próximo capítulo el bisturí irá directamente sobre los clubes.

¿Qué debería tener hoy una institución que trabaja con menores?

¿Debe cada club contar con su propia Política de Salvaguarda?

¿Quién debería ser su Responsable de Safeguarding?

¿Qué autoridad tendría?

¿Qué debería hacer cuando recibe una preocupación?

¿Qué Código de Conducta deberían firmar entrenadores, dirigentes, funcionarios y voluntarios?

¿Y quién puede asegurar hoy que esas estructuras existen en los clubes del fútbol uruguayo?

Porque después de esta primera comparación queda planteada la pregunta que acompañará toda la investigación:

¿La AUF construyó un sistema de safeguarding o cumplió un requisito?





lunes, 27 de julio de 2026

La maglia azzurra si è sbiadita

Tre Mondiali senza l’Italia non sono una maledizione. Sono il prezzo di un sistema che vive di memoria, teme il rischio e compra il presente invece di costruire il futuro.


La Spagna ha alzato la Coppa del Mondo a New York/New Jersey. L’Italia ha seguito il torneo da casa per la terza volta consecutiva.

Nel ranking pubblicato dopo il Mondiale, una è salita al primo posto. L’altra è scesa al quindicesimo.

Non è una fotografia particolarmente gentile.

Ma è una radiografia precisa.

Restare fuori nel 2018 poteva essere considerato un trauma. Nel 2022 era già diventato un allarme. Nel 2026 non esistono più parole abbastanza comode: tre Mondiali consecutivi senza una nazionale quattro volte campione del mondo non sono un incidente. Sono la normalità prodotta da un sistema che ha smesso di riconoscere la propria malattia.

Ogni volta ci concentriamo sugli ultimi novanta minuti: sul rigore non concesso, sull’attaccante che non segna, sulla convocazione sbagliata, sul modulo, sul commissario tecnico. Cambiamo il colpevole e lasciamo intatto il tribunale.

Ma una crisi che ritorna con allenatori, giocatori e presidenti diversi non nasce sulla panchina della Nazionale. Arriva lì dopo avere attraversato i settori giovanili, i campionati Primavera, i prestiti senza progetto, le panchine della Serie A, le paure degli allenatori e i bilanci dei club.

Bisogna allora smettere di osservare solamente il luogo nel quale il sistema crolla e cominciare a studiare quello nel quale viene costruito.

Perché l’Italia non ha perso soltanto un Mondiale. Ha perso il meccanismo che consentiva alla propria identità di rinnovarsi.

E quando un’identità non riesce più a produrre futuro, lentamente sbiadisce.

Non mancano i bambini. Manca il ponte

L’alibi più comodo è già pronto: i bambini non giocano più per strada, i cellulari hanno sostituito il pallone, le nuove generazioni non hanno fame, i genitori proteggono troppo e i ragazzi si stancano presto.

È un racconto rassicurante perché attribuisce il fallimento alla società, alle famiglie e ai tempi moderni. In questo modo il calcio può continuare a considerarsi innocente.

I numeri, però, raccontano un’altra storia.

Il calcio giovanile italiano coinvolge quasi novecentomila calciatori e calciatrici. Tra i cinque e i sedici anni, il 22,7% dei ragazzi è tesserato per la FIGC: quasi uno su quattro.

La passione non è scomparsa. I bambini continuano a entrare nei campi, negli spogliatoi e nelle scuole calcio. Continuano a indossare una maglia troppo grande, a sognare un gol importante e a chiedere ai genitori di restare altri dieci minuti.

La base della piramide non è vuota. Il problema comincia quando quei bambini crescono.

Nella fotografia federale pubblicata nell’aprile 2026, la Serie A occupava il quarantanovesimo posto su cinquanta campionati analizzati per minuti concessi a calciatori Under 21 selezionabili per la Nazionale italiana: appena l’1,9%.

Alla trentunesima giornata, tra i 284 calciatori che giocavano almeno trenta minuti di media a partita, soltanto 89 erano italiani. Dieci di loro erano portieri.

Questo significa che il sistema sa accogliere il bambino, selezionarlo, misurarlo, classificarlo e farlo competere. Sa organizzare tornei, raduni, accademie, osservatori e database.

Poi arriva il momento decisivo, quello in cui il talento dovrebbe lasciare il calcio protetto e misurarsi con gli adulti.

Ed è lì che il ponte si interrompe.

A diciassette anni è una promessa. A diciannove deve farsi le ossa. A ventuno è ancora troppo giovane. A ventitré viene mandato in prestito per la terza volta. A venticinque, se non ha già dimostrato tutto, qualcuno comincia a definirlo un talento incompiuto.

Nel frattempo acquistiamo dall’estero un giocatore della stessa età e lo presentiamo come un investimento.

Il calcio italiano non ha smesso di produrre ragazzi.
Ha smesso di portarli fino al calcio degli adulti.

Non è l’ingresso nella piramide a essere vuoto.

È l’uscita a essere bloccata.

Il talento non sparisce. Lo parcheggiamo

L’Italia non è diventata improvvisamente incapace di insegnare calcio. Le nazionali giovanili hanno ottenuto risultati importanti e, nel 2023, l’Under 19 ha conquistato il Campionato Europeo.

Il talento, dunque, esiste. Viene individuato, convocato e può perfino vincere.

Poi accade qualcosa che dovrebbe farci più paura di una mancata qualificazione.

I calciatori spagnoli presenti nello stesso Europeo Under 19 hanno successivamente accumulato quasi il doppio dei minuti nelle prime divisioni e quasi sei volte i minuti nelle competizioni europee rispetto ai loro coetanei italiani.

Il dato non dice che ogni ragazzo spagnolo sia migliore di ogni ragazzo italiano. Dice qualcosa di più grave: quando termina il torneo giovanile, i loro ragazzi entrano nel calcio degli adulti. I nostri, troppo spesso, tornano nel parcheggio.

Li mandiamo in prestito senza definire quale caratteristica debbano sviluppare. Li spostiamo da una città all’altra, da un allenatore all’altro, da un sistema tattico all’altro. Se giocano poco, cambiamo destinazione. Se giocano male, cambiamo giudizio. Se giocano bene, aspettiamo comunque che dimostrino di poterlo fare a un livello superiore.

Il prestito, che dovrebbe rappresentare un passaggio dentro un progetto, diventa così una specie di sparizione amministrativa.

Il nostro sistema ama il giovane finché non costa punti.

Lo celebra quando vince con l’Under 19, ma lo considera un rischio quando deve entrare nella partita della domenica, quella nella quale una sconfitta può compromettere una classifica, il posto dell’allenatore o il bilancio di una società.

Chiediamo al ragazzo di arrivare in prima squadra già pronto, maturo, affidabile e possibilmente incapace di sbagliare.

Ma un giovane che non ha ancora sbagliato nel calcio professionistico non è affidabile.

È semplicemente un giovane al quale non è stata ancora concessa l’esperienza.

E l’esperienza non si insegna in una riunione tecnica. Non si scarica attraverso un’applicazione. Non si ottiene guardando giocare gli altri.

Si concede.


Il calcio che insegna ad avere paura dell’errore

La crisi non è soltanto organizzativa. Ha anche una radice psicologica.

Molto presto, il bambino comprende che nel calcio italiano l’errore non è solamente una parte dell’apprendimento. Può diventare un difetto da correggere, una colpa tattica o una ragione per perdere il posto.

Un dribbling fallito provoca il rimprovero. Una posizione abbandonata per seguire un’intuizione viene interpretata come indisciplina. Una giocata personale può essere definita egoismo. Una perdita di palla vicino alla propria area diventa la prova che il ragazzo “non è ancora pronto”.

Così il giovane impara a proteggersi.

Non necessariamente a giocare meglio: a esporsi meno.

Sceglie il passaggio che non compromette, occupa lo spazio indicato, restituisce il pallone al compagno più vicino ed evita la soluzione che potrebbe farlo apparire irresponsabile.

Diventa ordinato. Prevedibile. Allenabile.

E, poco alla volta, meno libero.

Il calcio contemporaneo, però, richiede proprio ciò che questa educazione spesso riduce: velocità di pensiero, coraggio, uno contro uno, cambio di ritmo e capacità di interpretare una situazione prima che venga spiegata dalla panchina.

I dati tecnici della Serie A non dimostrano da soli una relazione di causa ed effetto, ma rappresentano un indizio che sarebbe irresponsabile ignorare. La velocità media del pallone è inferiore a quella della Champions League e delle altre principali competizioni europee. La Serie A è ultima tra le cinque grandi leghe per dribbling a partita e per aggressività durante il pressing. Dal 2019-2020, i dribbling riusciti sono diminuiti in maniera evidente.

Forse non abbiamo smesso di produrre calciatori disciplinati.

Abbiamo cominciato a produrre meno calciatori capaci di disobbedire al copione quando la partita lo richiede.

Conoscono il posto che devono occupare.
Ma non sempre sanno cosa inventare quando il campo cambia.

Non è onesto attribuire ogni responsabilità al singolo allenatore del settore giovanile. Molti tecnici lavorano con competenza, sensibilità e risorse limitate. Il problema è il modo nel quale vengono valutati.

Li chiamiamo formatori, ma continuiamo a guardarne la classifica.

Diciamo che devono sviluppare il talento, poi li giudichiamo sulla partita successiva. Chiediamo loro di avere pazienza, ma il contratto può dipendere da un torneo Under 15. Li invitiamo a concedere libertà, mentre ogni errore del ragazzo rischia di trasformarsi in una critica al loro lavoro.

Quando l’errore del giovane minaccia il posto dell’adulto, l’adulto comincia inevitabilmente a ridurre l’errore del giovane.

E quando tentiamo di eliminare l’errore, non eliminiamo soltanto il pericolo.

Eliminiamo una parte della creatività.

La domanda, quindi, non è se vogliamo ragazzi tatticamente preparati. Naturalmente sì.

La domanda è se vogliamo preparare calciatori che eseguano correttamente un compito oppure giocatori capaci di prendere una decisione quando il Mondiale non concede il tempo di aspettare un’indicazione dalla panchina.

Una generazione cresciuta senza il Mondiale

Un ragazzo italiano di sedici anni aveva quattro anni durante Brasile 2014.

Può conoscere la storia delle quattro stelle, avere visto i gol del 1982 e del 2006 su YouTube, sapere chi fossero Paolo Rossi, Baggio, Maldini, Totti, Buffon o Cannavaro.

Ma la memoria ricevuta non è la stessa cosa della memoria vissuta.

Quel ragazzo non ha conosciuto consapevolmente l’attesa della convocazione. Non ha visto le città rallentare prima di una partita. Non ha vissuto una fase a eliminazione diretta con la famiglia riunita davanti alla televisione. Non ha sperimentato quel raro momento in cui le rivalità tra Juventus, Inter, Milan, Napoli, Roma e il resto del Paese entravano, almeno temporaneamente, dentro la stessa maglia.

Tre assenze consecutive non provocano soltanto una perdita sportiva o economica.

Interrompono una trasmissione culturale.

La Nazionale, in Italia, non è mai stata solamente una squadra. È stata uno dei pochi luoghi capaci di contenere un Paese costruito su città, province, campanili, dialetti e identità locali profondissime.

Durante un Mondiale, l’Azzurro riusciva per qualche settimana a essere un colore comune.

Oggi una generazione continua ad amare il calcio, ma può farlo senza avere bisogno della Nazionale. Segue la Champions League, i campioni internazionali, i contenuti brevi, il mercato, i videogiochi e il proprio club. Il calcio rimane centrale. È la maglia azzurra che rischia di diventare periferica.

Una storia raccontata dagli adulti.

Una vecchia fotografia mostrata da un padre che comincia la frase con:

—Una volta, quando l’Italia giocava il Mondiale…

Una Nazionale non perde soltanto le partite.
Può perdere il diritto di entrare nei ricordi di una generazione.

Abbiamo trasformato l’identità in un museo

Ogni volta che il calcio italiano entra in crisi, comincia il pellegrinaggio verso il passato.

Riapriamo l’album dei grandi difensori, dei numeri dieci, dei campioni del mondo, della tattica, del carattere e della capacità di soffrire. Ricordiamo le partite vinte senza dominare, l’avversario studiato fino all’ultimo dettaglio, il gol segnato nel momento esatto.

È una storia straordinaria. Ma può diventare una prigione quando viene utilizzata per evitare il futuro.

L’identità italiana non era semplicemente il catenaccio. Non era la rinuncia al pallone. Non consisteva nel difendersi vicino alla propria area sperando che qualcosa accadesse.

La sua forza era l’intelligenza.

Capire la partita. Leggere l’avversario. Cambiare senza perdere se stessi. Produrre difensori capaci di anticipare e non soltanto di respingere, centrocampisti capaci di pensare e attaccanti capaci di inventare.

L’Italia non vinceva perché aveva paura.

Vinceva perché sapeva riconoscere il momento.

Negli anni, però, abbiamo confuso l’equilibrio con l’immobilità, la disciplina con l’obbedienza e la tattica con la paura di rischiare. Abbiamo cominciato a difendere non soltanto la porta, ma anche le nostre convinzioni.

Una parte del calcio italiano continua a parlare di identità come se fosse un sistema di gioco da conservare in una teca. Ma l’identità non è un modulo, una formazione o una frase ripetuta da chi ha vissuto gli anni migliori.

L’identità è una grammatica viva.
Serve per costruire frasi nuove, non per ripetere eternamente quelle vecchie.

Quando smette di evolvere, diventa nostalgia.

E la nostalgia può essere bellissima da ascoltare.

Ma non si qualifica al Mondiale.

La Spagna non va copiata. Va capita

Nel calcio italiano, il confronto viene spesso vissuto come un’offesa.

Appena qualcuno propone di studiare la Spagna, la Germania, la Francia o un altro modello, arriva la risposta automatica:

—Noi non siamo loro.

È vero. E non dobbiamo diventarlo.

Ma compararsi non significa imitare. Significa avere il coraggio di misurare la distanza tra ciò che raccontiamo di essere e ciò che stiamo realmente producendo.

La Spagna campione del mondo nel 2026 non è una copia imbalsamata della squadra del 2010. Ha conservato la cultura tecnica, il rapporto con il pallone e la capacità di costruire il gioco, ma ha aggiunto velocità, ampiezza, verticalità, pressione e giocatori capaci di affrontare l’avversario.

Non è rimasta prigioniera del tiki-taka.

Ha utilizzato la propria identità per cambiare.

Soprattutto, ha costruito un percorso che permette ai giovani di entrare nel calcio degli adulti. Nella stagione 2024-2025, i calciatori formati nei vivai hanno disputato il 19,8% dei minuti della Liga. In Serie A, il dato si fermava al 5,5%.

Non è una sfumatura statistica.

È la distanza tra un sistema che considera il giovane parte del presente e uno che continua a promettergli il futuro.

Nel marzo 2024, oltre cento dirigenti, direttori sportivi e tecnici italiani si riunirono a Coverciano per studiare la metodologia delle selezioni giovanili spagnole. Furono presentati un modello generale di gioco, il lavoro sulla crescita integrale e i protocolli di sviluppo. Maurizio Viscidi riconobbe pubblicamente che la Spagna rappresentava un riferimento per qualità tecnica, abilità individuale e gioco collettivo.

Quindi il calcio italiano conosce il problema.

Lo ha osservato. Lo ha discusso. Ha invitato chi ha costruito un percorso migliore a spiegargli come lavora.

Non può più sostenere di non sapere.

La domanda è più scomoda:

è disposto a cambiare ciò che continua a proteggere il problema?

Perché studiare il modello spagnolo durante un convegno è relativamente semplice.

Modificare interessi, abitudini, valutazioni e gerarchie dentro il proprio sistema è molto più difficile.

Gli stranieri sono l’alibi perfetto

Quando la Nazionale fallisce, prima o poi qualcuno conta i passaporti.

Nella stagione analizzata dalla FIGC, i calciatori non selezionabili per l’Italia avevano disputato il 67,9% dei minuti della Serie A. È un dato che merita una riflessione seria.

Ma trasformarlo in una guerra contro gli stranieri sarebbe il modo più veloce per evitare ancora una volta la questione centrale.

I calciatori stranieri hanno arricchito il campionato italiano. Hanno portato talento, culture, concorrenza e conoscenze. Il problema non è la nazionalità di chi occupa il campo.

Il problema è ciò che rende più conveniente acquistare un giocatore già formato altrove piuttosto che accompagnarne uno cresciuto in casa.

Quando un club preferisce uno straniero mediocre a un giovane italiano promettente, la domanda non dovrebbe essere:

—Perché gioca lo straniero?

Dovrebbe essere:

—Perché sviluppare il nostro ragazzo è diventato il rischio meno conveniente?

La risposta coinvolge la paura della retrocessione, la precarietà degli allenatori, la pressione economica, la ricerca della plusvalenza immediata, la debolezza dei percorsi tra Primavera e prima squadra e il modo nel quale vengono utilizzati i prestiti.

Coinvolge anche una verità poco piacevole: molti club dichiarano che il vivaio rappresenta il futuro, ma lo trattano come un costo fino al giorno in cui appare un calciatore da vendere.

Nella classifica mondiale dei primi cinquanta settori giovanili per ricavi generati dai trasferimenti dei giocatori formati nel club, soltanto due erano italiani: Atalanta e Juventus.

Non casualmente, entrambe hanno investito anche nel passaggio attraverso le seconde squadre, uno strumento introdotto tardi e combattuto a lungo nel calcio italiano.

Il problema non è lo straniero che occupa un posto.
È il sistema italiano che non costruisce un percorso per chi dovrebbe contenderglielo.

Dare la colpa agli altri ci permette di restare uguali.

Assumerci la responsabilità ci obbligherebbe a cambiare.

Il salvatore ci assolve tutti

Quando un sistema non vuole affrontare la propria complessità, cerca un uomo.

Un allenatore carismatico. Un grande nome. Qualcuno capace di concentrare su di sé la speranza e, se necessario, anche la colpa.

È comprensibile che l’Italia desideri un commissario tecnico all’altezza della propria storia. Un grande allenatore può migliorare una squadra, restituire fiducia, scegliere meglio, organizzare il talento disponibile e creare una nuova atmosfera.

Ma non può produrre ciò che il sistema non gli consegna.

Non può creare in dieci giorni i minuti che i giovani non hanno giocato in dieci anni. Non può restituire libertà a calciatori cresciuti con la paura di perdere il pallone. Non può inventare attaccanti che il campionato non utilizza né colmare il vuoto tra la Primavera e il professionismo.

Cambiare un uomo è psicologicamente più semplice che cambiare un sistema.

L’uomo ha un nome. Può essere presentato, celebrato, criticato ed esonerato.

Il sistema ha centinaia di responsabili, interessi diversi e una straordinaria capacità di sopravvivere a ogni fallimento.

L’allenatore può perdere il posto.
Il sistema continua tranquillamente a sedersi in tribuna.

La nuova direzione federale guidata da Giovanni Malagò, con Paolo Maldini come direttore tecnico e presidente del Club Italia e Leonardo nel ruolo di advisor, ha dichiarato di voler ricostruire il percorso dalla base, riportare tecnica e gioco al centro e creare una linea comune dalla Nazionale maggiore alle giovanili.

Leonardo ha utilizzato una parola particolarmente importante: libertà.

La diagnosi sembra finalmente toccare il punto. Il calcio italiano è rimasto indietro sul piano tecnico e metodologico, e il cambiamento non può cominciare dalla prossima partita della Nazionale.

Ma una diagnosi corretta non è ancora una cura.

Maldini può indicare una direzione. Leonardo può portare esperienza internazionale. Un grande commissario tecnico può restituire prestigio e competitività.

Ma un cognome prestigioso non può essere il progetto.

Il progetto comincia quando le dichiarazioni modificano le regole, gli incentivi, il lavoro quotidiano e il modo in cui vengono valutati allenatori e dirigenti.

Altrimenti anche le parole più moderne diventeranno la prossima forma della nostalgia.

La ricostruzione non entra in una conferenza stampa

Non esiste un provvedimento capace di restituire da solo il colore alla maglia azzurra.

La ricostruzione sarà lenta, meno spettacolare della presentazione di un commissario tecnico e probabilmente impopolare nei primi anni. Richiederà tempo, coerenza e la disponibilità ad accettare risultati imperfetti mentre si costruisce qualcosa di più solido.

Ma alcuni pilastri non possono più essere evitati.

1. Restituire al ragazzo il diritto di sbagliare

Il giovane creativo deve poter perdere il pallone, tentare una soluzione difficile, scegliere male e riprovare. Non perché l’errore sia bello, ma perché è il luogo nel quale nasce la comprensione.

Un settore giovanile non dovrebbe proteggere la classifica dagli errori dei ragazzi. Dovrebbe utilizzare quegli errori per formarli.

Se eliminiamo ogni rischio dalle categorie di base, non produrremo calciatori più intelligenti.

Produrremo ragazzi più prudenti.

2. Costruire davvero il passaggio tra i diciassette e i ventuno anni

Primavera, seconde squadre, Serie C, Serie B e prestiti devono smettere di essere territori separati.

Ogni ragazzo dovrebbe avere un percorso individuale: dove giocherà, quale competenza dovrà sviluppare, chi lo seguirà, cosa accadrà se non verrà utilizzato e perché un determinato club rappresenta la destinazione corretta.

Un prestito senza obiettivi, controllo e continuità non è formazione.

È un modo educato per spostare il problema.

3. Smettere di giudicare l’allenatore giovanile soltanto dalla coppa

Il valore di un tecnico del vivaio non può essere misurato esclusivamente attraverso i campionati vinti.

Bisogna osservare quanti ragazzi sono migliorati, quanti hanno sviluppato autonomia e capacità decisionale, quanti sono arrivati nel calcio professionistico, quanti hanno continuato a studiare e quanti sono usciti dal sistema senza sentirsi esseri umani falliti.

Un allenatore giovanile lavora sul risultato della domenica.

Ma soprattutto lavora sul futuro di persone che, nella maggior parte dei casi, non diventeranno calciatori professionisti.

4. Creare una grammatica tecnica comune, non un dogma tattico

Non è necessario obbligare tutte le nazionali a utilizzare lo stesso modulo. I sistemi cambiano, gli allenatori cambiano e le caratteristiche dei giocatori devono essere rispettate.

Serve invece una lingua riconoscibile: dominio tecnico, lettura del gioco, uno contro uno, coraggio con la palla, velocità di pensiero, pressione, responsabilità difensiva e capacità di adattarsi.

L’identità tecnica deve offrire strumenti.

Non catene.

5. Formare persone capaci di sopravvivere anche quando il calcio dice no

Educazione, sostegno psicologico, safeguarding e accompagnamento familiare non possono essere accessori da mostrare nelle presentazioni istituzionali.

Il ragazzo deve essere preparato alla convocazione, ma anche all’esclusione. Al debutto, ma anche alla panchina. Al primo contratto, ma anche al momento in cui quel contratto non viene rinnovato.

Deve poter continuare a studiare. Deve avere adulti preparati ad ascoltarlo. Deve sapere che il suo valore non coincide con una selezione compiuta a quindici anni.

Un sistema responsabile non si limita a produrre professionisti.

Protegge anche coloro che professionisti non diventeranno.

6. Pubblicare numeri che permettano di giudicare il progetto

Quanti minuti giocheranno gli Under 21 italiani? Quanti debuttanti riusciranno a stabilizzarsi? Quanti club utilizzeranno seconde squadre o percorsi verificabili? Quanti ragazzi manterranno una continuità scolastica? Quanti settori giovanili avranno psicologi e responsabili della tutela realmente presenti?

Le risposte non possono essere sostituite da espressioni come “valorizzazione del talento”, “centralità dei giovani” o “nuovo progetto tecnico”.

Senza obiettivi, tempi e verifiche pubbliche, qualunque progetto può dichiararsi vincente.

Una rivoluzione che non può essere misurata
rischia di diventare soltanto una conferenza stampa più lunga.

Le quattro stelle raccontano il passato. Non garantiscono il futuro

La vera domanda non è se l’Italia possieda ancora talento.

Il talento esiste. I bambini giocano. Esistono allenatori competenti, società serie e persone che lavorano ogni giorno lontano dalle telecamere.

La domanda è un’altra:

Siamo disposti a perdere qualche partita con i giovani
per tornare un giorno a vincere grazie a loro?

Siamo disposti a concedere tempo a un allenatore che sviluppa calciatori anche se non vince il torneo Under 17?

Siamo disposti a considerare il settore giovanile un luogo educativo e non soltanto una fabbrica di plusvalenze?

Siamo disposti a studiare chi ha lavorato meglio senza vivere il confronto come un’umiliazione nazionale?

Siamo disposti ad ammettere che le quattro stelle cucite sul petto raccontano ciò che siamo stati, ma non qualificano automaticamente al prossimo Mondiale?

La maglia azzurra non si è sbiadita in una sola notte.

Ha perso colore ogni volta che un giovane è stato considerato un rischio invece di una possibilità. Ogni volta che un prestito è stato utilizzato per liberare un posto. Ogni volta che un allenatore del vivaio è stato giudicato per una coppa e non per i ragazzi che aveva fatto crescere. Ogni volta che la prudenza è stata confusa con l’intelligenza e la nostalgia con l’identità.

Non ritroverà il colore cambiando ancora una volta soltanto l’uomo seduto in panchina.

Lo ritroverà quando il calcio italiano tornerà a credere nei bambini prima che diventino campioni, nei giovani prima che diventino certezze e negli allenatori prima che producano un trofeo.

Quando comprenderà che formare significa anche aspettare, accompagnare, proteggere e concedere il diritto di cadere senza dichiarare conclusa una carriera.

Il futuro non si compra durante l’ultimo giorno di mercato.

Si allena. Si accompagna. Si protegge.

E, soprattutto, si lascia giocare.

Le quattro stelle raccontano ciò che l’Italia è stata.
I minuti concessi ai suoi giovani racconteranno ciò che vuole tornare a essere.