Cada vez que el fútbol uruguayo recibe un golpe importante volvemos a la misma discusión.
La identidad.
Que esto no es Uruguay. Que así no se juega con la Celeste. Que falta rebeldía. Que falta carácter. Que el técnico no entendió “lo nuestro”.
Y últimamente aparece otra palabra, repetida casi como si cerrara cualquier discusión:
ADN.
El ADN uruguayo.
El ADN de la Celeste.
El ADN de tal o cual cuadro.
La escuchamos tanto que ya parece una verdad científica.
Y a mí me genera una pregunta bastante sencilla:
¿Qué carajo significa, futbolísticamente, ese ADN?
¿Defender cerca de nuestro arco, correr, meter, sufrir hasta el último minuto, jugar con el cuchillo entre los dientes y festejar como una virtud eso de “trancar hasta con la cabeza”?
¿Eso es jugar a la uruguaya?
Porque si ésa fuera toda nuestra identidad habría que sacar de la historia a Scarone, Schiaffino, Pedro Rocha, Rubén Paz, Francescoli, Rubén Sosa, Aguilera, Bengoechea, Recoba, Forlán y tantos otros.
Y sería bastante absurdo.
Todos fueron Uruguay.
Todos fueron profundamente uruguayos.
Entonces tal vez el problema no sea que hayamos perdido la identidad.
Quizá llevamos décadas llamando identidad solamente a una parte de ella.
Y de tanto repetir esa parte terminamos creyendo que era la película entera.
Identidad no es ADN
Hay una diferencia que me parece importante.
El ADN se hereda. La identidad se construye.
Una cosa pertenece a la biología. La otra nace de la historia, de lo que una sociedad vive, aprende, transmite, discute, olvida y vuelve a contar.
Cuando decimos que determinada forma de jugar está “en nuestra sangre”, hacemos algo que parece inocente, pero no lo es tanto: transformamos una construcción histórica en destino.
Si está en el ADN, no se toca.
Si está en el ADN, no se discute.
Y si alguien propone otra cosa parece que quiere arrancarnos un pedazo de país.
Pero nuestro fútbol nació exactamente al revés.
Uruguay aprendió de los británicos. Tomó ese fútbol, lo mezcló con el potrero, con otra relación con la pelota, con la gambeta, la picardía y la improvisación rioplatense, y fabricó algo propio.
Es decir: Nuestra primera gran tradición fue cambiar.
Aprender.
Tomar una idea ajena y hacerla nuestra.
Por eso me cuesta aceptar que hoy se use la palabra identidad para justificar la inmovilidad.
Tal vez defender nuestra identidad no sea repetir eternamente la misma forma de jugar.
Tal vez sea conservar aquella capacidad de aprender sin dejar de ser nosotros.
Antes de la garra estuvo el juego
Volvamos a París. 1924.
Aquellos uruguayos cruzaron el Atlántico desde un país diminuto que buena parte de Europa apenas ubicaba en el mapa.
Y cuando llegaron no sorprendieron solamente porque ganaron.
Sorprendieron por cómo jugaban.
Tocaban por abajo, se movían, se ofrecían, amagaban. Había técnica, combinación, pausa, cambio de ritmo. Había otra manera de relacionarse con la pelota.
José Leandro Andrade maravilló a Europa jugando al fútbol, no persiguiendo rivales.
Scarone no pasó a la historia por reventar la pelota hacia la tribuna.
Petrone era potencia, sí, pero también gol.
Nasazzi mandaba y tenía carácter, pero era capitán de un equipo que sabía jugar.
Y ahí aparece algo que con los años fuimos perdiendo de vista.
Uruguay no llegó al mundo solamente para demostrar cuánto podía aguantar. Llegó para mostrar cuánto sabía jugar.
Claro que había coraje.
Para ganar lo que ganó aquella generación había que tenerlo.
Pero la garra no sustituía al fútbol.
Lo acompañaba.
Y eso también hablaba del Uruguay de aquella época. Un país que quería mostrarse moderno, educado, capaz de aprender, de reformarse y de construir algo propio.
No idealizo aquel Uruguay.
También había pobreza, racismo, desigualdad, machismo y muchas exclusiones que el relato oficial prefería esconder.
Pero había una confianza colectiva que hoy cuesta imaginar.
Éramos pequeños y no queríamos vivir pidiendo permiso.
En fútbol tampoco.
Y después elegimos qué recordar
Las sociedades no recuerdan el pasado como si guardaran una película completa.
Se quedan con escenas.
Las repiten.
Les dan un significado.
Y otras se van borrando.
Uruguay hizo eso con su fútbol.
Recordamos al capitán que levantó al equipo.
Al que siguió lesionado.
Al gol sobre la hora.
Al partido imposible.
Al hombre que “dejó todo”.
Y está bien recordarlo.
El problema es que recordamos mucho menos el pase, la pausa, la inteligencia, el dribbling, el trabajo táctico, la técnica y la capacidad de inventar.
No inventamos la garra.
La elegimos como relato principal.
Y una escena terminó convertida en la película entera.
Con el tiempo el mensaje se hizo cada vez más simple.
Ya no era:
“Aquel equipo tuvo garra”.
Era:
Uruguay es garra.
Y más adelante:
La garra está en nuestro ADN.
Ahí es donde una virtud empieza a convertirse en una cárcel.
1935: cuando la rebeldía empezó a llamarse garra
Hay un momento interesante en 1935.
Uruguay llega al Sudamericano de Lima con una generación que para muchos ya estaba vieja. Argentina parecía superior. Aquellos campeones olímpicos eran casi hombres de otra época.
Uruguay gana 3 a 0.
Y esa victoria empieza a quedar asociada a una idea que después se volvería enorme:
el uruguayo que se niega a aceptar que está terminado.
Eso sí me parece una forma noble de entender la garra.
No la patada.
No la violencia.
No sufrir porque sí.
La rebeldía de un equipo al que todos dan por muerto y responde jugando.
Además, el país ya era otro.
Entre el Uruguay optimista de los años veinte y 1935 habían pasado la crisis económica mundial y el golpe de Terra.
La sociedad empezaba a descubrir que aquel país aparentemente estable también podía romperse.
Y el mensaje futbolístico cambió.
En París parecía decir:
“Somos capaces de crear algo nuevo”.
En Lima empezó a decir:
“Todavía no nos den por muertos”.
Las dos cosas son Uruguay.
El problema vino cuando conservamos solamente la segunda.
Maracaná: cuando la virtud se convirtió en mito
Después llegó 1950.
Y ahí la garra dejó de ser solamente una característica futbolística para convertirse casi en explicación nacional.
Brasil.
Maracaná.
Un estadio entero esperando una fiesta.
Uruguay empieza perdiendo.
Y gana.
Hay que ser uruguayo para comprender lo que aquello significó durante generaciones.
Pero también ahí simplificamos.
Obdulio fue liderazgo.
Schiaffino fue fútbol.
Ghiggia fue velocidad, técnica y decisión.
Julio Pérez, Míguez, Rodríguez Andrade: fútbol.
Ese partido no se ganó porque once hombres fueron a sufrir.
Se ganó porque supieron competir, leer el partido y jugar.
Sin embargo la memoria hizo su trabajo.
De “aquel equipo tuvo carácter, inteligencia y fútbol” fuimos pasando lentamente a:
“Ganamos porque somos Uruguay”.
Y de ahí a una conclusión todavía más peligrosa:
si perdemos, es porque dejamos de ser Uruguay.
Ahí el pasado deja de inspirar.
Empieza a pesar.
Cada jugador nuevo tiene que demostrar que es digno de los muertos.
Cada selección tiene que pagar examen de uruguayez.
Cada derrota se convierte en falta de actitud.
Y cada intento de cambiar algo despierta la sospecha de traición.
1960-1970: cuando todavía jugábamos y metíamos
Hay algo que también me parece importante aclarar.
La historia no es una línea donde primero jugábamos hermoso y después nos volvimos brutos.
Eso sería demasiado fácil.
En los años sesenta Uruguay atravesaba una crisis económica, política y social cada vez mayor.
Y, sin embargo, nuestro fútbol seguía siendo potencia.
Peñarol ganó las Libertadores de 1960, 1961 y 1966, además de las Copas Intercontinentales de 1961 y 1966.
La selección llegó a cuartos de final en Inglaterra 1966, fue campeona sudamericana en 1967 y terminó cuarta en el Mundial de México 1970.
¿Y cómo jugaban aquellos equipos?
Con carácter, seguro.
Pero también con Pedro Rocha, Cubilla, Spencer, Gonçalves, Mazurkiewicz, Cortés.
Es decir: con jugadores.
Con futbolistas que sabían controlar un partido, manejar tiempos, tirar una pared, meter un cambio de frente y resolver una final.
La garra estaba.
Pero todavía sabía jugar.
Lo que quizá empezó a cambiar fue la explicación.
Podíamos ganar por una actuación extraordinaria de Pedro Rocha o por una enorme construcción colectiva, pero terminábamos diciendo que habíamos ganado “a lo Uruguay”.
La garra seguía conviviendo con el fútbol.
Sólo que poco a poco empezó a quedarse con todos los créditos.
1973-1988: fútbol, dictadura y pertenencia
Después vino la dictadura.
Y acá hay que ser cuidadoso porque es muy fácil caer en simplificaciones.
La dictadura impuso miedo, represión, vigilancia, obediencia y silencio.
No inventó la idea del hombre que no llora, que se banca todo y que no muestra debilidad.
Eso venía de antes.
Pero una sociedad autoritaria naturalmente puede reforzar ese tipo de lenguaje.
Y en el fútbol ese mensaje era conocido:
No llores.
No protestes.
Jugá roto.
Obedecé.
Meté.
Aguantá.
Sé hombre.
Ahora, decir que por eso el fútbol uruguayo de aquellos años se volvió simplemente tosco sería falso.
Mientras el país pasaba por algunos de sus años más duros, los clubes siguieron produciendo equipos extraordinarios.
Defensor fue campeón uruguayo en 1976 y rompió una hegemonía de Nacional y Peñarol que parecía intocable.
Nacional fue campeón de América en 1980 y campeón del mundo en 1981.
Peñarol ganó la Libertadores y la Intercontinental en 1982.
Después llegaron Peñarol 1987 y Nacional 1988, otra vez campeones de América; Nacional, además, volvió a ser campeón del mundo.
Aquellos equipos metían.
Y cómo.
Pero también jugaban.
Tenían líderes, estrategia, pelota quieta, futbolistas de enorme calidad y algo que hoy vale oro:
tiempo juntos.
Los jugadores duraban.
El joven aprendía del veterano.
Un plantel podía construir memoria.
El hincha conocía al jugador antes de verlo irse.
El club era mucho más que una vidriera para vender.
Y además era un lugar de pertenencia social.
En tiempos donde muchas formas de reunión y participación estaban controladas, el club seguía siendo barrio, familia, discusión, abrazo y memoria.
No transformemos tampoco eso en una película romántica.
Pero entendamos su peso.
¿Y Francescoli no era identidad?
Si la identidad uruguaya es correr, meter y sufrir, ¿qué hacemos con Enzo Francescoli?
¿Con Rubén Paz?
¿Con Rubén Sosa?
¿Con el Patito Aguilera?
¿Con Pablo Bengoechea?
¿Con Fabián O’Neill?
¿Con Álvaro Recoba?
¿Eran uruguayos a pesar de jugar bien?
Parece una estupidez plantearlo así.
Y sin embargo muchas veces nuestro relato funciona exactamente de esa manera.
El futbolista de sacrificio representa “lo nuestro”.
El talentoso aparece como una excepción.
¿Por qué?
La magia del Enzo también era Uruguay.
La pausa de Rubén Paz también.
La zurda del “Chino” Recoba también.
La picardía de Aguilera también.
La clase de Bengoechea también.
Y hay otra cosa que durante años vimos en nuestras canchas.
Al jugador que corría y metía se le perdonaban muchísimas cosas porque “dejaba todo”.
Al talentoso se le exigía jugar bien y además demostrar que corría, marcaba, chocaba y tenía suficiente carácter.
Dicho de otra manera:
El sacrificio podía justificar la falta de fútbol; el talento tenía que justificar su existencia.
Y eso no empieza en Primera.
Empieza cuando somos botijas.
El problema empieza mucho antes
Cualquiera que haya pasado un domingo por una cancha de baby fútbol sabe de qué hablo.
El niño la pisa.
—¡Largala!
Intenta una gambeta.
—¡No inventes!
Levanta la cabeza y demora medio segundo.
—¡Jugá rápido!
Pierde una pelota intentando algo distinto y ya escucha tres adultos diciéndole qué tendría que haber hecho.
Después otro corre 25 metros atrás de la pelota, la tira afuera y recibe:
—¡Muy bien, así se mete!
No estoy diciendo que ocurra en todos los clubes ni con todos los entrenadores.
Hay muchas personas haciendo un trabajo enorme y muchas veces gratis.
Pero hay una cultura.
Y la cultura también educa.
El baby fútbol no forma solamente jugadores.
Forma maneras de competir.
Forma maneras de obedecer.
Enseña qué pasa cuando uno se equivoca.
Qué significa quedar suplente.
Cómo tratamos al árbitro.
Qué hacemos con el rival.
Qué ocurre si un niño llora.
Qué recibe más aplausos: pensar o correr.
Y además hoy aparece otro problema.
El botija deja de ser botija demasiado rápido.
Pasa a ser “proyecto”.
“Promesa”.
“Jugador con condiciones”.
Antes de aprender a disfrutar del juego ya hay adultos hablando de representantes, pruebas, pases y Europa.
El sueño de un niño empieza a llenarse de expectativas ajenas.
Y cuando no llega —porque la enorme mayoría no llegará— muchas veces nadie le explica que su vida no fracasó porque no firmó un contrato.
Ahí también hay safeguarding.
Aunque todavía haya gente que crea que safeguarding es solamente evitar un abuso sexual.
Cuidar también es esto.
Vendemos el talento antes de terminar de verlo
El fútbol uruguayo sigue produciendo jugadores.
Eso es indiscutible.
Pero el ecosistema cambió brutalmente.
Antes un gran jugador podía crecer, equivocarse, madurar, jugar copas, convivir con veteranos y hacerse referente de su cuadro antes de irse.
Hoy muchas veces apenas empieza a mostrar lo que tiene y ya estamos calculando cuánto vale.
Los clubes necesitan vender.
No soy ingenuo.
La estructura económica los empuja a hacerlo y muchas veces esa venta paga salarios, juveniles, instalaciones y deudas.
Pero no pretendamos que eso no deja consecuencias futbolísticas.
El talento se va antes.
Los planteles duran menos.
Los equipos se reconstruyen permanentemente.
Y el hincha empieza a despedirse del jugador apenas termina de aprenderse su nombre.
A veces tengo la sensación de que:
Exportamos cada vez más temprano el talento y dejamos adentro el discurso del sacrificio.
Es provocador, sí.
Pero pensemos un poco.
Uruguay sigue colocando futbolistas en las mejores ligas del mundo.
Mientras tanto nuestros clubes llevan décadas intentando recuperar un peso continental que alguna vez parecía natural.
Entonces hay una pregunta que vale la pena hacerse:
¿Seguimos formando una manera uruguaya de jugar?
¿O formamos buenos individuos para que otros sistemas terminen de construirlos?
No es lo mismo.
Sudáfrica 2010: lo que fue y lo que después contamos
Y llegamos a Sudáfrica.
2010 fue extraordinario.
Después de décadas de frustraciones, Uruguay volvió a una semifinal del mundo.
Forlán fue el mejor jugador del Mundial.
Suárez, Cavani, Lugano, Godín, Muslera, Arévalo, el Ruso Pérez, Fucile, Maxi y Álvaro Pereira… entre otros.
Había jugadores.
Había grupo.
Había carácter.
Pero sobre todo había algo que a veces olvidamos: había un proceso detrás.
Tabárez venía trabajando desde 2006 con una idea que iba bastante más allá de poner once futbolistas.
Había continuidad, normas, conexión entre juveniles y selección mayor, conducta, educación, planificación.
Sudáfrica no fue el triunfo de la garra sobre el proceso.
Fue exactamente al revés.
La garra funcionó porque había proceso.
Pero después pasó algo muy uruguayo.
Nos quedamos con las escenas.
La mano de Suárez.
Ghana.
El penal.
La picada del Loco Abreu.
El sufrimiento.
El corazón en la boca.
La clasificación imposible.
Todo eso ocurrió.
Pero alrededor de esas imágenes había cuatro años de trabajo silencioso que no entraban tan fácil en un video de treinta segundos.
Y terminó pasando algo curioso.
El proceso intentaba ofrecernos otro lenguaje:
planificación, conducta, formación, continuidad.
Nosotros lo traducimos rápidamente al idioma de siempre: volvió la garra.
Incluso la prensa ayudó a convertir aquel proceso deportivo en un enorme relato moral: el Maestro, el grupo, los valores, la familia celeste, el país unido.
Ese relato tuvo algo bueno: protegió la continuidad en un fútbol históricamente impaciente.
Pero también produjo un problema.
A veces discutir una decisión futbolística parecía discutir los valores.
Cuestionar el juego parecía atacar “el proceso”.
Y durante años confundimos una cosa con la otra.
Tan fuerte fue aquella narración que hoy hay dirigentes capaces de colocar 2010 por encima de 1950.
Yo no necesito elegir entre uno y otro para advertir el problema.
Una sociedad tiene derecho a reinterpretar su historia.
Lo que no debería hacer es vender una escena reciente como si fuera la película entera.
2010 fue enorme.
Pero 1950 también.
1924 también.
1928 también.
1930 también.
Y si para construir una nueva identidad necesitamos borrar o disminuir la anterior, entonces no estamos recuperando memoria. Estamos fabricando un relato.
Bielsa y el supuesto ADN
Por eso la discusión alrededor de Marcelo Bielsa me parece mucho más interesante que decidir simplemente si nos gusta o no un entrenador.
Porque Bielsa chocó con algo profundamente instalado.
No sólo con una manera de jugar.
Chocó con la idea de que existe una manera “uruguaya” de jugar y que salirse de ese libreto es casi una traición.
Presionar arriba, asumir riesgos, querer atacar, recuperar lejos de nuestro arco e intentar dominar al rival también requieren coraje.
Pero no coinciden con esa imagen clásica del Uruguay que espera, resiste, mete y golpea cuando encuentra la oportunidad.
Entonces cada partido terminó siendo una especie de plebiscito sobre la identidad.
Si ganaba, algunos decían que Uruguay finalmente se había modernizado.
Si perdía, aparecía enseguida el viejo martillo: “Esto no es Uruguay”.
Y hubo un momento en que la discusión dejó de ser solamente futbolística.
La cobertura periodística tomó directamente tono de campaña contra Bielsa.
No hace falta inventar conspiraciones para decirlo. Bastaba mirar determinados titulares, programas, portadas y discusiones. Se hablaba de su forma de contestar, de sus silencios, de cómo miraba, de cómo se relacionaba con la prensa, de si entendía o no “al uruguayo”.
A veces se discutía más a Bielsa que a la selección.
Eso no significa que no hubiera que criticarlo.
Bielsa se equivocó. Tomó decisiones discutibles, tuvo conflictos, manejó situaciones que podían cuestionarse y el juego también debía ser analizado.
Pero una cosa es discutir a un entrenador.
Y otra muy distinta es convertirlo en el extranjero que vino a atacar “lo nuestro”.
Ahí vuelve a aparecer el mismo problema.
Porque cuando una derrota deja de analizarse desde el fútbol y empieza a explicarse diciendo que alguien “no entiende nuestra esencia”, ya no estamos discutiendo solamente táctica.
Estamos defendiendo un relato.
Y volvemos al supuesto ADN.
Pero basta mirar nuestra propia historia.
En 1924 cambiamos el fútbol que habíamos aprendido.
En 1935 encontramos otra forma de competir.
En 1950 mezclamos talento, inteligencia y rebeldía.
En los sesenta fuimos técnicos y duros.
En los ochenta nuestros clubes combinaron oficio, pertenencia y calidad.
En 2010 construimos una selección alrededor de un proyecto.
¿Dónde está la única forma de jugar?
No existe.
Lo que sí existe es una historia.
Y esa historia es muchísimo más rica que el ADN que a veces nos quieren vender.
Cuando la garra entra al vestuario
Todo esto podría quedar en una linda discusión futbolera sobre sistemas, historia y estilos.
Pero para mí va un poco más lejos.
Porque el fútbol también enseña a vivir.
Y especialmente a los varones nos enseñó durante décadas una determinada idea de fortaleza.
El que aguanta.
El que no llora.
El que juega roto.
El que no se queja.
El que resuelve solo.
El que nunca muestra miedo.
La garra puede ser una virtud deportiva maravillosa.
Pero se vuelve peligrosa cuando la transformamos en obligación emocional.
Uruguay tiene problemas sociales serios relacionados con salud mental, suicidio y consumos problemáticos.
No son lo mismo.
No tienen una causa única.
Y sería irresponsable mezclarlos como si una cosa explicara automáticamente la otra.
Tampoco los provoca el fútbol.
Pero los datos deberían obligarnos a hacernos algunas preguntas.
¿Qué enseñamos a los hombres cuando sufren?
¿Qué enseñamos dentro de un vestuario?
¿Qué pasa con el jugador que dice que no puede?
¿Con el lesionado?
¿Con el que queda libre?
¿Con el que vuelve de Europa sintiendo que fracasó?
¿Con el que se retira y de un día para otro deja de ser alguien para todo el mundo?
Durante años se habló muchísimo de preparar al deportista para rendir.
Muchísimo menos de preparar a la persona para cuando ya no pueda hacerlo.
Un control antidopaje puede encontrar una sustancia.
No encuentra soledad.
No encuentra miedo.
No encuentra una noche sin dormir.
No encuentra a un jugador que sonríe para la foto y después no sabe con quién hablar.
Controlar importa.
Pero controlar no es cuidar.
La garra que yo defendería
No quiero matar la garra.
Al contrario.
Quiero recuperarla.
Porque la garra que yo admiro no es pegar.
No es jugar mal y decir que “al menos metimos”.
No es usar el sufrimiento como un certificado de uruguayez.
La garra es otra cosa.
Es no sentirte menos porque enfrente hay uno más grande.
Es pedir la pelota cuando quema.
Es acompañar al compañero.
Es levantarte.
Es prepararte.
Es animarte a cambiar algo que ya no funciona.
También hay garra en reconocer que no sabés.
En aprender.
En pedir ayuda.
En cuidar a un botija.
En decirle a un jugador lesionado que el partido no vale más que su cuerpo.
En entender que un niño no tiene que demostrar hombría para jugar al fútbol.
Quizá ésa sea la garra que necesitamos ahora.
Una que no nos obligue a elegir entre carácter y fútbol.
Entre competir y pensar.
Entre tradición y cambio.
Entre fortaleza y sensibilidad.
Porque ahí estuvo siempre la trampa.
Nos hicieron creer que para defender nuestra identidad teníamos que elegir una sola parte.
Y nuestra historia demuestra exactamente lo contrario.
Fuimos Andrade y Obdulio.
Schiaffino y Nasazzi.
Pedro Rocha y Gonçalves.
Francescoli y el Vasco Ostolaza.
Rubén Paz y Arévalo Ríos.
Recoba y Lugano.
Cavani y Diego Pérez.
Forlán y Suárez.
Juego y carácter.
Talento y rebeldía.
Pelota y sacrificio.
Todo eso fue Uruguay.
Las sociedades no conservan el pasado como una película completa.
Eligen escenas.
Quizá durante demasiado tiempo nosotros elegimos solamente las del sufrimiento.
Y de tanto repetirlas terminamos creyendo que ahí estaba todo.
No.
Ahí había una parte.
Una parte enorme, emocionante y verdadera.
Pero una parte al fin.
Tal vez Uruguay no tenga que abandonar su identidad.
Tal vez tenga que dejar de empobrecerla.
Porque mucho antes de convertirnos en el país que decía saber aguantar, fuimos el país que se animó a jugar distinto.
Y eso, aunque algunos se hayan olvidado, también es jugar a la uruguaya.


