domingo, 6 de septiembre de 2026

Uruguay y el fútbol: cuando la garra ya no alcanza ¿Qué parte de nuestra historia elegimos llamar identidad?

Selección de Uruguay campeona olímpica en París 1924
Uruguay, campeón olímpico en París 1924. Antes de que la garra se convirtiera en explicación de todo, el mundo habló de cómo jugaban los uruguayos. Foto: Wikimedia Commons / dominio público.

Cada vez que el fútbol uruguayo recibe un golpe importante volvemos a la misma discusión.

La identidad.

Que esto no es Uruguay. Que así no se juega con la Celeste. Que falta rebeldía. Que falta carácter. Que el técnico no entendió “lo nuestro”.

Y últimamente aparece otra palabra, repetida casi como si cerrara cualquier discusión:

ADN.

El ADN uruguayo.

El ADN de la Celeste.

El ADN de tal o cual cuadro.

La escuchamos tanto que ya parece una verdad científica.

Y a mí me genera una pregunta bastante sencilla:

¿Qué carajo significa, futbolísticamente, ese ADN?

¿Defender cerca de nuestro arco, correr, meter, sufrir hasta el último minuto, jugar con el cuchillo entre los dientes y festejar como una virtud eso de “trancar hasta con la cabeza”?

¿Eso es jugar a la uruguaya?

Porque si ésa fuera toda nuestra identidad habría que sacar de la historia a Scarone, Schiaffino, Pedro Rocha, Rubén Paz, Francescoli, Rubén Sosa, Aguilera, Bengoechea, Recoba, Forlán y tantos otros.

Y sería bastante absurdo.

Todos fueron Uruguay.

Todos fueron profundamente uruguayos.

Entonces tal vez el problema no sea que hayamos perdido la identidad.

Quizá llevamos décadas llamando identidad solamente a una parte de ella.

Y de tanto repetir esa parte terminamos creyendo que era la película entera.

Identidad no es ADN

Hay una diferencia que me parece importante.

El ADN se hereda. La identidad se construye.

Una cosa pertenece a la biología. La otra nace de la historia, de lo que una sociedad vive, aprende, transmite, discute, olvida y vuelve a contar.

Cuando decimos que determinada forma de jugar está “en nuestra sangre”, hacemos algo que parece inocente, pero no lo es tanto: transformamos una construcción histórica en destino.

Si está en el ADN, no se toca.

Si está en el ADN, no se discute.

Y si alguien propone otra cosa parece que quiere arrancarnos un pedazo de país.

Pero nuestro fútbol nació exactamente al revés.

Uruguay aprendió de los británicos. Tomó ese fútbol, lo mezcló con el potrero, con otra relación con la pelota, con la gambeta, la picardía y la improvisación rioplatense, y fabricó algo propio.

Es decir: Nuestra primera gran tradición fue cambiar.

Aprender.

Tomar una idea ajena y hacerla nuestra.

Por eso me cuesta aceptar que hoy se use la palabra identidad para justificar la inmovilidad.

Tal vez defender nuestra identidad no sea repetir eternamente la misma forma de jugar.

Tal vez sea conservar aquella capacidad de aprender sin dejar de ser nosotros.

Antes de la garra estuvo el juego

Volvamos a París. 1924.

Aquellos uruguayos cruzaron el Atlántico desde un país diminuto que buena parte de Europa apenas ubicaba en el mapa.

Y cuando llegaron no sorprendieron solamente porque ganaron.

Sorprendieron por cómo jugaban.

Tocaban por abajo, se movían, se ofrecían, amagaban. Había técnica, combinación, pausa, cambio de ritmo. Había otra manera de relacionarse con la pelota.

José Leandro Andrade maravilló a Europa jugando al fútbol, no persiguiendo rivales.

Scarone no pasó a la historia por reventar la pelota hacia la tribuna.

Petrone era potencia, sí, pero también gol.

Nasazzi mandaba y tenía carácter, pero era capitán de un equipo que sabía jugar.

Y ahí aparece algo que con los años fuimos perdiendo de vista.

Uruguay no llegó al mundo solamente para demostrar cuánto podía aguantar. Llegó para mostrar cuánto sabía jugar.

Claro que había coraje.

Para ganar lo que ganó aquella generación había que tenerlo.

Pero la garra no sustituía al fútbol.

Lo acompañaba.

Y eso también hablaba del Uruguay de aquella época. Un país que quería mostrarse moderno, educado, capaz de aprender, de reformarse y de construir algo propio.

No idealizo aquel Uruguay.

También había pobreza, racismo, desigualdad, machismo y muchas exclusiones que el relato oficial prefería esconder.

Pero había una confianza colectiva que hoy cuesta imaginar.

Éramos pequeños y no queríamos vivir pidiendo permiso.

En fútbol tampoco.

Y después elegimos qué recordar

Las sociedades no recuerdan el pasado como si guardaran una película completa.

Se quedan con escenas.

Las repiten.

Les dan un significado.

Y otras se van borrando.

Uruguay hizo eso con su fútbol.

Recordamos al capitán que levantó al equipo.

Al que siguió lesionado.

Al gol sobre la hora.

Al partido imposible.

Al hombre que “dejó todo”.

Y está bien recordarlo.

El problema es que recordamos mucho menos el pase, la pausa, la inteligencia, el dribbling, el trabajo táctico, la técnica y la capacidad de inventar.

No inventamos la garra.

La elegimos como relato principal.

Y una escena terminó convertida en la película entera.

Con el tiempo el mensaje se hizo cada vez más simple.

Ya no era:

“Aquel equipo tuvo garra”.

Era:

Uruguay es garra.

Y más adelante:

La garra está en nuestro ADN.

Ahí es donde una virtud empieza a convertirse en una cárcel.

1935: cuando la rebeldía empezó a llamarse garra

Hay un momento interesante en 1935.

Uruguay llega al Sudamericano de Lima con una generación que para muchos ya estaba vieja. Argentina parecía superior. Aquellos campeones olímpicos eran casi hombres de otra época.

Uruguay gana 3 a 0.

Y esa victoria empieza a quedar asociada a una idea que después se volvería enorme:

el uruguayo que se niega a aceptar que está terminado.

Eso sí me parece una forma noble de entender la garra.

No la patada.

No la violencia.

No sufrir porque sí.

La rebeldía de un equipo al que todos dan por muerto y responde jugando.

Además, el país ya era otro.

Entre el Uruguay optimista de los años veinte y 1935 habían pasado la crisis económica mundial y el golpe de Terra.

La sociedad empezaba a descubrir que aquel país aparentemente estable también podía romperse.

Y el mensaje futbolístico cambió.

En París parecía decir:

“Somos capaces de crear algo nuevo”.

En Lima empezó a decir:

“Todavía no nos den por muertos”.

Las dos cosas son Uruguay.

El problema vino cuando conservamos solamente la segunda.

Maracaná: cuando la virtud se convirtió en mito

Selección uruguaya campeona del mundo en 1950
Uruguay, 1950. Maracaná fue carácter, claro. Pero también fue Schiaffino, Ghiggia, Julio Pérez, Míguez: también fue fútbol.

Después llegó 1950.

Y ahí la garra dejó de ser solamente una característica futbolística para convertirse casi en explicación nacional.

Brasil.

Maracaná.

Un estadio entero esperando una fiesta.

Uruguay empieza perdiendo.

Y gana.

Hay que ser uruguayo para comprender lo que aquello significó durante generaciones.

Pero también ahí simplificamos.

Obdulio fue liderazgo.

Schiaffino fue fútbol.

Ghiggia fue velocidad, técnica y decisión.

Julio Pérez, Míguez, Rodríguez Andrade: fútbol.

Ese partido no se ganó porque once hombres fueron a sufrir.

Se ganó porque supieron competir, leer el partido y jugar.

Sin embargo la memoria hizo su trabajo.

De “aquel equipo tuvo carácter, inteligencia y fútbol” fuimos pasando lentamente a:

“Ganamos porque somos Uruguay”.

Y de ahí a una conclusión todavía más peligrosa:

si perdemos, es porque dejamos de ser Uruguay.

Ahí el pasado deja de inspirar.

Empieza a pesar.

Cada jugador nuevo tiene que demostrar que es digno de los muertos.

Cada selección tiene que pagar examen de uruguayez.

Cada derrota se convierte en falta de actitud.

Y cada intento de cambiar algo despierta la sospecha de traición.

1960-1970: cuando todavía jugábamos y metíamos

Hay algo que también me parece importante aclarar.

La historia no es una línea donde primero jugábamos hermoso y después nos volvimos brutos.

Eso sería demasiado fácil.

En los años sesenta Uruguay atravesaba una crisis económica, política y social cada vez mayor.

Y, sin embargo, nuestro fútbol seguía siendo potencia.

Peñarol ganó las Libertadores de 1960, 1961 y 1966, además de las Copas Intercontinentales de 1961 y 1966.

La selección llegó a cuartos de final en Inglaterra 1966, fue campeona sudamericana en 1967 y terminó cuarta en el Mundial de México 1970.

¿Y cómo jugaban aquellos equipos?

Con carácter, seguro.

Pero también con Pedro Rocha, Cubilla, Spencer, Gonçalves, Mazurkiewicz, Cortés.

Es decir: con jugadores.

Con futbolistas que sabían controlar un partido, manejar tiempos, tirar una pared, meter un cambio de frente y resolver una final.

La garra estaba.

Pero todavía sabía jugar.

Lo que quizá empezó a cambiar fue la explicación.

Podíamos ganar por una actuación extraordinaria de Pedro Rocha o por una enorme construcción colectiva, pero terminábamos diciendo que habíamos ganado “a lo Uruguay”.

La garra seguía conviviendo con el fútbol.

Sólo que poco a poco empezó a quedarse con todos los créditos.

1973-1988: fútbol, dictadura y pertenencia

Después vino la dictadura.

Y acá hay que ser cuidadoso porque es muy fácil caer en simplificaciones.

La dictadura impuso miedo, represión, vigilancia, obediencia y silencio.

No inventó la idea del hombre que no llora, que se banca todo y que no muestra debilidad.

Eso venía de antes.

Pero una sociedad autoritaria naturalmente puede reforzar ese tipo de lenguaje.

Y en el fútbol ese mensaje era conocido:

No llores.

No protestes.

Jugá roto.

Obedecé.

Meté.

Aguantá.

Sé hombre.

Ahora, decir que por eso el fútbol uruguayo de aquellos años se volvió simplemente tosco sería falso.

Mientras el país pasaba por algunos de sus años más duros, los clubes siguieron produciendo equipos extraordinarios.

Defensor fue campeón uruguayo en 1976 y rompió una hegemonía de Nacional y Peñarol que parecía intocable.

Nacional fue campeón de América en 1980 y campeón del mundo en 1981.

Peñarol ganó la Libertadores y la Intercontinental en 1982.

Después llegaron Peñarol 1987 y Nacional 1988, otra vez campeones de América; Nacional, además, volvió a ser campeón del mundo.

Aquellos equipos metían.

Y cómo.

Pero también jugaban.

Tenían líderes, estrategia, pelota quieta, futbolistas de enorme calidad y algo que hoy vale oro:

tiempo juntos.

Los jugadores duraban.

El joven aprendía del veterano.

Un plantel podía construir memoria.

El hincha conocía al jugador antes de verlo irse.

El club era mucho más que una vidriera para vender.

Y además era un lugar de pertenencia social.

En tiempos donde muchas formas de reunión y participación estaban controladas, el club seguía siendo barrio, familia, discusión, abrazo y memoria.

No transformemos tampoco eso en una película romántica.

Pero entendamos su peso.

¿Y Francescoli no era identidad?

Si la identidad uruguaya es correr, meter y sufrir, ¿qué hacemos con Enzo Francescoli?

¿Con Rubén Paz?

¿Con Rubén Sosa?

¿Con el Patito Aguilera?

¿Con Pablo Bengoechea?

¿Con Fabián O’Neill?

¿Con Álvaro Recoba?

¿Eran uruguayos a pesar de jugar bien?

Parece una estupidez plantearlo así.

Y sin embargo muchas veces nuestro relato funciona exactamente de esa manera.

El futbolista de sacrificio representa “lo nuestro”.

El talentoso aparece como una excepción.

¿Por qué?

La magia del Enzo también era Uruguay.

La pausa de Rubén Paz también.

La zurda del “Chino” Recoba también.

La picardía de Aguilera también.

La clase de Bengoechea también.

Y hay otra cosa que durante años vimos en nuestras canchas.

Al jugador que corría y metía se le perdonaban muchísimas cosas porque “dejaba todo”.

Al talentoso se le exigía jugar bien y además demostrar que corría, marcaba, chocaba y tenía suficiente carácter.

Dicho de otra manera:

El sacrificio podía justificar la falta de fútbol; el talento tenía que justificar su existencia.

Y eso no empieza en Primera.

Empieza cuando somos botijas.

El problema empieza mucho antes

Cualquiera que haya pasado un domingo por una cancha de baby fútbol sabe de qué hablo.

El niño la pisa.

—¡Largala!

Intenta una gambeta.

—¡No inventes!

Levanta la cabeza y demora medio segundo.

—¡Jugá rápido!

Pierde una pelota intentando algo distinto y ya escucha tres adultos diciéndole qué tendría que haber hecho.

Después otro corre 25 metros atrás de la pelota, la tira afuera y recibe:

—¡Muy bien, así se mete!

No estoy diciendo que ocurra en todos los clubes ni con todos los entrenadores.

Hay muchas personas haciendo un trabajo enorme y muchas veces gratis.

Pero hay una cultura.

Y la cultura también educa.

El baby fútbol no forma solamente jugadores.

Forma maneras de competir.

Forma maneras de obedecer.

Enseña qué pasa cuando uno se equivoca.

Qué significa quedar suplente.

Cómo tratamos al árbitro.

Qué hacemos con el rival.

Qué ocurre si un niño llora.

Qué recibe más aplausos: pensar o correr.

Y además hoy aparece otro problema.

El botija deja de ser botija demasiado rápido.

Pasa a ser “proyecto”.

“Promesa”.

“Jugador con condiciones”.

Antes de aprender a disfrutar del juego ya hay adultos hablando de representantes, pruebas, pases y Europa.

El sueño de un niño empieza a llenarse de expectativas ajenas.

Y cuando no llega —porque la enorme mayoría no llegará— muchas veces nadie le explica que su vida no fracasó porque no firmó un contrato.

Ahí también hay safeguarding.

Aunque todavía haya gente que crea que safeguarding es solamente evitar un abuso sexual.

Cuidar también es esto.

Vendemos el talento antes de terminar de verlo

El fútbol uruguayo sigue produciendo jugadores.

Eso es indiscutible.

Pero el ecosistema cambió brutalmente.

Antes un gran jugador podía crecer, equivocarse, madurar, jugar copas, convivir con veteranos y hacerse referente de su cuadro antes de irse.

Hoy muchas veces apenas empieza a mostrar lo que tiene y ya estamos calculando cuánto vale.

Los clubes necesitan vender.

No soy ingenuo.

La estructura económica los empuja a hacerlo y muchas veces esa venta paga salarios, juveniles, instalaciones y deudas.

Pero no pretendamos que eso no deja consecuencias futbolísticas.

El talento se va antes.

Los planteles duran menos.

Los equipos se reconstruyen permanentemente.

Y el hincha empieza a despedirse del jugador apenas termina de aprenderse su nombre.

A veces tengo la sensación de que:

Exportamos cada vez más temprano el talento y dejamos adentro el discurso del sacrificio.

Es provocador, sí.

Pero pensemos un poco.

Uruguay sigue colocando futbolistas en las mejores ligas del mundo.

Mientras tanto nuestros clubes llevan décadas intentando recuperar un peso continental que alguna vez parecía natural.

Entonces hay una pregunta que vale la pena hacerse:

¿Seguimos formando una manera uruguaya de jugar?

¿O formamos buenos individuos para que otros sistemas terminen de construirlos?

No es lo mismo.

Sudáfrica 2010: lo que fue y lo que después contamos

Selección uruguaya en el Mundial de Sudáfrica 2010
Sudáfrica 2010. La épica fue real. Pero antes de la épica hubo cuatro años de construcción.

Y llegamos a Sudáfrica.

2010 fue extraordinario.

Después de décadas de frustraciones, Uruguay volvió a una semifinal del mundo.

Forlán fue el mejor jugador del Mundial.

Suárez, Cavani, Lugano, Godín, Muslera, Arévalo, el Ruso Pérez, Fucile, Maxi y Álvaro Pereira… entre otros.

Había jugadores.

Había grupo.

Había carácter.

Pero sobre todo había algo que a veces olvidamos: había un proceso detrás.

Tabárez venía trabajando desde 2006 con una idea que iba bastante más allá de poner once futbolistas.

Había continuidad, normas, conexión entre juveniles y selección mayor, conducta, educación, planificación.

Sudáfrica no fue el triunfo de la garra sobre el proceso.

Fue exactamente al revés.

La garra funcionó porque había proceso.

Pero después pasó algo muy uruguayo.

Nos quedamos con las escenas.

La mano de Suárez.

Ghana.

El penal.

La picada del Loco Abreu.

El sufrimiento.

El corazón en la boca.

La clasificación imposible.

Todo eso ocurrió.

Pero alrededor de esas imágenes había cuatro años de trabajo silencioso que no entraban tan fácil en un video de treinta segundos.

Y terminó pasando algo curioso.

El proceso intentaba ofrecernos otro lenguaje:

planificación, conducta, formación, continuidad.

Nosotros lo traducimos rápidamente al idioma de siempre: volvió la garra.

Incluso la prensa ayudó a convertir aquel proceso deportivo en un enorme relato moral: el Maestro, el grupo, los valores, la familia celeste, el país unido.

Ese relato tuvo algo bueno: protegió la continuidad en un fútbol históricamente impaciente.

Pero también produjo un problema.

A veces discutir una decisión futbolística parecía discutir los valores.

Cuestionar el juego parecía atacar “el proceso”.

Y durante años confundimos una cosa con la otra.

Tan fuerte fue aquella narración que hoy hay dirigentes capaces de colocar 2010 por encima de 1950.

Yo no necesito elegir entre uno y otro para advertir el problema.

Una sociedad tiene derecho a reinterpretar su historia.

Lo que no debería hacer es vender una escena reciente como si fuera la película entera.

2010 fue enorme.

Pero 1950 también.

1924 también.

1928 también.

1930 también.

Y si para construir una nueva identidad necesitamos borrar o disminuir la anterior, entonces no estamos recuperando memoria. Estamos fabricando un relato.

Bielsa y el supuesto ADN

Por eso la discusión alrededor de Marcelo Bielsa me parece mucho más interesante que decidir simplemente si nos gusta o no un entrenador.

Porque Bielsa chocó con algo profundamente instalado.

No sólo con una manera de jugar.

Chocó con la idea de que existe una manera “uruguaya” de jugar y que salirse de ese libreto es casi una traición.

Presionar arriba, asumir riesgos, querer atacar, recuperar lejos de nuestro arco e intentar dominar al rival también requieren coraje.

Pero no coinciden con esa imagen clásica del Uruguay que espera, resiste, mete y golpea cuando encuentra la oportunidad.

Entonces cada partido terminó siendo una especie de plebiscito sobre la identidad.

Si ganaba, algunos decían que Uruguay finalmente se había modernizado.

Si perdía, aparecía enseguida el viejo martillo: “Esto no es Uruguay”.

Y hubo un momento en que la discusión dejó de ser solamente futbolística.

La cobertura periodística tomó directamente tono de campaña contra Bielsa.

No hace falta inventar conspiraciones para decirlo. Bastaba mirar determinados titulares, programas, portadas y discusiones. Se hablaba de su forma de contestar, de sus silencios, de cómo miraba, de cómo se relacionaba con la prensa, de si entendía o no “al uruguayo”.

A veces se discutía más a Bielsa que a la selección.

Eso no significa que no hubiera que criticarlo.

Bielsa se equivocó. Tomó decisiones discutibles, tuvo conflictos, manejó situaciones que podían cuestionarse y el juego también debía ser analizado.

Pero una cosa es discutir a un entrenador.

Y otra muy distinta es convertirlo en el extranjero que vino a atacar “lo nuestro”.

Ahí vuelve a aparecer el mismo problema.

Porque cuando una derrota deja de analizarse desde el fútbol y empieza a explicarse diciendo que alguien “no entiende nuestra esencia”, ya no estamos discutiendo solamente táctica.

Estamos defendiendo un relato.

Y volvemos al supuesto ADN.

Pero basta mirar nuestra propia historia.

En 1924 cambiamos el fútbol que habíamos aprendido.

En 1935 encontramos otra forma de competir.

En 1950 mezclamos talento, inteligencia y rebeldía.

En los sesenta fuimos técnicos y duros.

En los ochenta nuestros clubes combinaron oficio, pertenencia y calidad.

En 2010 construimos una selección alrededor de un proyecto.

¿Dónde está la única forma de jugar?

No existe.

Lo que sí existe es una historia.

Y esa historia es muchísimo más rica que el ADN que a veces nos quieren vender.

Cuando la garra entra al vestuario

Todo esto podría quedar en una linda discusión futbolera sobre sistemas, historia y estilos.

Pero para mí va un poco más lejos.

Porque el fútbol también enseña a vivir.

Y especialmente a los varones nos enseñó durante décadas una determinada idea de fortaleza.

El que aguanta.

El que no llora.

El que juega roto.

El que no se queja.

El que resuelve solo.

El que nunca muestra miedo.

La garra puede ser una virtud deportiva maravillosa.

Pero se vuelve peligrosa cuando la transformamos en obligación emocional.

Uruguay tiene problemas sociales serios relacionados con salud mental, suicidio y consumos problemáticos.

No son lo mismo.

No tienen una causa única.

Y sería irresponsable mezclarlos como si una cosa explicara automáticamente la otra.

Tampoco los provoca el fútbol.

Pero los datos deberían obligarnos a hacernos algunas preguntas.

¿Qué enseñamos a los hombres cuando sufren?

¿Qué enseñamos dentro de un vestuario?

¿Qué pasa con el jugador que dice que no puede?

¿Con el lesionado?

¿Con el que queda libre?

¿Con el que vuelve de Europa sintiendo que fracasó?

¿Con el que se retira y de un día para otro deja de ser alguien para todo el mundo?

Durante años se habló muchísimo de preparar al deportista para rendir.

Muchísimo menos de preparar a la persona para cuando ya no pueda hacerlo.

Un control antidopaje puede encontrar una sustancia.

No encuentra soledad.

No encuentra miedo.

No encuentra una noche sin dormir.

No encuentra a un jugador que sonríe para la foto y después no sabe con quién hablar.

Controlar importa.

Pero controlar no es cuidar.

La garra que yo defendería

No quiero matar la garra.

Al contrario.

Quiero recuperarla.

Porque la garra que yo admiro no es pegar.

No es jugar mal y decir que “al menos metimos”.

No es usar el sufrimiento como un certificado de uruguayez.

La garra es otra cosa.

Es no sentirte menos porque enfrente hay uno más grande.

Es pedir la pelota cuando quema.

Es acompañar al compañero.

Es levantarte.

Es prepararte.

Es animarte a cambiar algo que ya no funciona.

También hay garra en reconocer que no sabés.

En aprender.

En pedir ayuda.

En cuidar a un botija.

En decirle a un jugador lesionado que el partido no vale más que su cuerpo.

En entender que un niño no tiene que demostrar hombría para jugar al fútbol.

Quizá ésa sea la garra que necesitamos ahora.

Una que no nos obligue a elegir entre carácter y fútbol.

Entre competir y pensar.

Entre tradición y cambio.

Entre fortaleza y sensibilidad.

Porque ahí estuvo siempre la trampa.

Nos hicieron creer que para defender nuestra identidad teníamos que elegir una sola parte.

Y nuestra historia demuestra exactamente lo contrario.

Fuimos Andrade y Obdulio.

Schiaffino y Nasazzi.

Pedro Rocha y Gonçalves.

Francescoli y el Vasco Ostolaza.

Rubén Paz y Arévalo Ríos.

Recoba y Lugano.

Cavani y Diego Pérez.

Forlán y Suárez.

Juego y carácter.

Talento y rebeldía.

Pelota y sacrificio.

Todo eso fue Uruguay.

Las sociedades no conservan el pasado como una película completa.

Eligen escenas.

Quizá durante demasiado tiempo nosotros elegimos solamente las del sufrimiento.

Y de tanto repetirlas terminamos creyendo que ahí estaba todo.

No.

Ahí había una parte.

Una parte enorme, emocionante y verdadera.

Pero una parte al fin.

Tal vez Uruguay no tenga que abandonar su identidad.

Tal vez tenga que dejar de empobrecerla.

Porque mucho antes de convertirnos en el país que decía saber aguantar, fuimos el país que se animó a jugar distinto.

Y eso, aunque algunos se hayan olvidado, también es jugar a la uruguaya.

sábado, 8 de agosto de 2026

SAFEGUARDING EN EL FÚTBOL URUGUAYO BAJO LA LUPA | CAP. 1: DE UNA POLÍTICA A UN SISTEMA

DE UNA POLÍTICA A UN SISTEMA:
QUÉ APROBÓ LA AUF Y QUÉ ESTABLECE FIFA


En marzo de 2026 FIFA aprobó una nueva Política de Safeguarding. 
(Politica de Salvaguardia)

En julio, la Asociación Uruguaya de Fútbol aprobó su propia Política de Salvaguarda.(Aprobación de la Política de Salvaguarda 2026)

A primera vista podría parecer simplemente la adaptación local de una nueva normativa internacional.

Pero cuando ambos documentos se colocan uno al lado del otro comienzan a aparecer preguntas que merecen bastante más que una lectura superficial.

Porque safeguarding no es solamente tener un protocolo para actuar cuando un niño denuncia que algo ocurrió.

Es construir un sistema para intentar que ese daño no ocurra.

Y esa diferencia cambia prácticamente todo.

¿QUÉ ESTAMOS ANALIZANDO?



Antes de avanzar conviene aclarar de qué hablamos.

Safeguarding es el conjunto de políticas, procedimientos, estructuras y acciones destinadas a prevenir y responder frente a situaciones que puedan provocar daño, abuso, negligencia, explotación, acoso, discriminación u otras formas de violencia dentro del deporte.

No comienza con una denuncia.

Comienza antes.

En la selección de las personas que trabajan con niños.

En los códigos de conducta.

En la formación.

En los límites entre adultos y menores.

En la evaluación de riesgos.

En los viajes.

En los vestuarios.

En los alojamientos.

En las comunicaciones privadas.

En las redes sociales.

En la supervisión.

Y, naturalmente, también en la capacidad de reaccionar correctamente cuando aparece una sospecha o una denuncia.

Ese es el punto de partida de esta serie.

LA AUF DICE SEGUIR LOS ESTÁNDARES FIFA

Hay una frase del propio documento uruguayo que convierte esta comparación en especialmente relevante.

La AUF sostiene que adopta su marco de acción en “estricto apego a los estándares y directrices” de FIFA y CONMEBOL.

Y cuando establece el marco normativo aplicable vuelve a citar como referencia la reglamentación de safeguarding de FIFA y los documentos y herramientas relacionados con la protección de niños, niñas y adolescentes.

Por tanto, no estamos utilizando la Política FIFA como una vara arbitraria para juzgar a la AUF.

Es la propia AUF la que reconoce ese estándar como referencia.

La pregunta, entonces, es legítima:

¿hasta qué punto fue trasladado al fútbol uruguayo?

NO ES UNA RECOMENDACIÓN: LA POLÍTICA AUF ES OBLIGATORIA

Esto es probablemente lo primero que debe entenderse.

La nueva Política de Salvaguarda AUF no se presenta como una campaña institucional ni como una lista de buenas intenciones.

El documento establece expresamente que su cumplimiento es obligatorio.

Y cuando determina a quién alcanza, incluye personas físicas y jurídicas relacionadas con actividades organizadas por AUF o sus instituciones miembro.

La enumeración menciona expresamente a clubes y ligas afiliadas.

También comprende dirigentes, entrenadores, médicos, fisioterapeutas, funcionarios, árbitros, voluntarios, jugadores, padres, tutores, proveedores y terceros relacionados con la actividad.

Por tanto, desde su entrada en vigencia existe algo que antes no existía con esta claridad:

los clubes forman parte del ámbito obligatorio del safeguarding AUF.

Pero ahí aparece inmediatamente el primer problema.

¿Qué significa concretamente que un club “cumpla”?

LO QUE FIFA DICE SOBRE LOS CLUBES


La Política FIFA de marzo de 2026 es mucho más precisa sobre este punto.

Su alcance comprende confederaciones, federaciones miembro, asociaciones regionales, ligas y clubes.

Pero FIFA no se limita a decir que esas organizaciones quedan alcanzadas por una política superior.

Establece que son responsables de desarrollar e implementar sus propias políticas de safeguarding, adaptadas a la legislación nacional y a los principios y orientaciones de FIFA.

Y en el resumen ejecutivo va todavía más lejos.

FIFA señala que las federaciones y sus stakeholders —incluidos clubes y ligas— deberían:

tener sus propias políticas de safeguarding;

  • designar responsables capacitados;
  • implementar contratación segura;
  • identificar y gestionar riesgos;
  • proporcionar formación;
  • establecer mecanismos de denuncia;
  • desarrollar sistemas adecuados de gestión de casos.

Aquí aparece una diferencia conceptual importante.

Para FIFA, el club no es simplemente un destinatario pasivo de la política de la federación.

Forma parte de la estructura activa de protección.

EL PRIMER GRAN VACÍO

La AUF establece que su Política es obligatoria para clubes y ligas.

Pero en las seis páginas del documento no encontramos una disposición que diga expresamente:

“Cada club deberá aprobar su propia Política de Salvaguarda”.

Tampoco encontramos:

“Cada club deberá designar un Responsable u Oficial de Salvaguarda”.

Ni: “Cada club deberá disponer de un Código de Conducta”.

Ni: “Cada club deberá aplicar procedimientos de contratación segura”.

Ni: “Cada club deberá presentar evaluaciones de riesgo”.

Ni:“Cada club deberá acreditar ante la AUF que ha implementado estas estructuras”.

Esta diferencia no es semántica.

Una cosa es decirle a una institución: “usted está obligada a cumplir”.

Otra es determinar exactamente qué debe tener, quién debe hacerlo, cómo debe acreditarlo y quién verificará que efectivamente se hizo.

Lo primero crea una obligación general.

Lo segundo construye un sistema.

FIFA DEFINE CONTENIDOS MÍNIMOS

La comparación se vuelve todavía más interesante cuando llegamos al apartado de FIFA dedicado específicamente a las federaciones miembro.

Allí aparece una lista mínima de elementos que deberían formar parte de una política nacional.

Entre ellos:

  • información sobre el Safeguarding Officer o punto focal;
  • garantías de que todo el ecosistema bajo jurisdicción de la federación conoce y cumple la política;
  • códigos de conducta claros para jugadores, padres, tutores, personal y demás actores;
  • educación y formación obligatorias;
  • procesos de contratación segura;
  • información sobre gestión de riesgos;
  • una estructura definida de gobernanza y supervisión;
  • un sistema de gestión de casos que permita afrontar adecuadamente situaciones de acoso y abuso.

La importancia de esta enumeración es enorme.

Porque elimina buena parte de la subjetividad del análisis.

No necesitamos decidir nosotros qué debería contener una estructura de safeguarding.

FIFA ya lo establece.

UN “PUNTO DE CONTACTO VISIBLE” QUE NO SE VE


La Política AUF contempla la designación de un Oficial de Salvaguarda.

Lo define como el “punto de contacto visible” y le atribuye la responsabilidad de coordinar la implementación de la Política y gestionar la respuesta inicial ante los incidentes.

La disposición es correcta.

El problema es lo que viene después.

En las seis páginas no aparece:

su nombre;

su función institucional concreta;

su correo electrónico;

su número telefónico;

ni un mecanismo directo para contactarlo.

Esto resulta especialmente llamativo porque FIFA establece precisamente que entre la información mínima de una política de una Federación Miembro debe encontrarse la identificación de su safeguarding officer o punto focal.

Y aquí aparece una pregunta tan sencilla como difícil de esquivar:

si mañana un niño, una familia o un entrenador necesita comunicar una preocupación de safeguarding, ¿quién es exactamente ese “punto de contacto visible”?

LOS CANALES QUE EXISTEN, PERO NO APARECEN

Algo parecido sucede con los canales de denuncia.

La AUF establece que existirán canales diversos, accesibles y confidenciales.

Habla de correo electrónico, plataforma digital, contacto directo y vía telefónica.

También establece protección frente a represalias, resguardo de identidad y actuación diligente.

Todo eso va en la dirección correcta.

Pero el documento no identifica concretamente ninguno de esos canales.

No aparece el correo.

No aparece el teléfono.

No aparece el formulario.

No aparece el enlace.

Y no aparece el contacto directo del Oficial de Salvaguarda.

El problema no es menor.

Una política puede establecer la obligación de reportar inmediatamente una situación de riesgo.

Pero para que esa obligación funcione debe existir una respuesta elemental:

¿a dónde?

DE LA REACCIÓN A LA PREVENCIÓN

Aquí comenzamos a entrar en una diferencia mucho más profunda entre ambos documentos.

La Política FIFA está organizada alrededor de cinco pilares:

  1. prevención;
  2. respuesta, incluyendo denuncia, investigación, resolución y reparación;
  3. safeguarding durante las competiciones;
  4. monitoreo, evaluación, aprendizaje y participación;
  5. gobernanza y rendición de cuentas.

Esto importa porque coloca la denuncia dentro de un sistema mucho mayor.

La denuncia es necesaria.

Pero llega cuando el riesgo ya apareció.

Safeguarding intenta trabajar también antes.

¿QUIÉN PUEDE TRABAJAR CON UN NIÑO?

FIFA dedica un apartado específico a lo que se denomina “safer recruitment”.

Contratación o selección segura.

No consiste solamente en pedir un certificado de antecedentes.

Incluye procedimientos durante todo el proceso de selección.

Por ejemplo:

  • descripciones claras de los cargos;
  • verificaciones de antecedentes;
  • comprobación de referencias anteriores;
  • declaraciones personales;
  • firma de códigos de conducta;
  • capacitación en safeguarding durante la incorporación.

¿Por qué?

Porque uno de los objetivos centrales de safeguarding es reducir la posibilidad de que una persona inadecuada acceda a una posición de confianza o poder sobre menores.

La Política AUF no desarrolla un sistema equivalente.

Y eso abre otra pregunta:

¿Qué controles mínimos debe realizar hoy un club uruguayo antes de permitir que un adulto trabaje diariamente con niños y adolescentes?

EL CÓDIGO DE CONDUCTA: PREVENIR ANTES DE SANCIONAR

Este será uno de los capítulos centrales de esta investigación.

FIFA considera los códigos de conducta una herramienta esencial de prevención y accountability.

No son simplemente declaraciones éticas.

Sirven para definir conductas esperadas, conductas prohibidas y consecuencias.

Además, FIFA señala expresamente que las políticas de las federaciones deberían disponer de códigos claros para jugadores, padres, tutores, personal y demás stakeholders.

La Política AUF habla de promover “límites en los vínculos profesionales”.

Pero no define esos límites.

No establece dentro del documento reglas concretas sobre:

comunicaciones privadas entre adultos y menores;

  • WhatsApp y redes sociales;
  • fotografías y videos;
  • entrada a vestuarios;
  • contacto físico;
  • transporte individual;
  • alojamiento durante viajes;
  • reuniones a solas;
  • regalos;
  • favoritismos;
  • conductas sexualizadas;
  • bromas humillantes;
  • abuso de relaciones de poder.

Y tampoco obliga expresamente a cada club a aprobar su propio Código de Conducta.

Sin reglas conocidas antes del problema, resulta mucho más difícil prevenirlo después.

CAPACITACIÓN OBLIGATORIA... ¿PARA QUIÉN?

En este aspecto la AUF da un paso importante.

El documento establece que desarrollará un plan sistemático de formación en safeguarding y determina que esa capacitación será obligatoria y periódica.

Eso debe valorarse.

No habla solamente de campañas ocasionales.

Habla de formación obligatoria.

Pero vuelve a aparecer el problema de implementación.

¿Quién debe completarla?

¿Todos los entrenadores?

¿Los coordinadores?

¿Los dirigentes?

¿Los médicos?

¿Los fisioterapeutas?

¿Los delegados?

¿Los voluntarios?

¿Los padres?

¿Cada cuánto debe repetirse?

¿Qué formación es suficiente?

¿Quién la certifica?

¿Puede seguir trabajando con menores una persona que no la haya realizado?

El documento no responde estas preguntas.

LA DENUNCIA: UNO DE LOS PUNTOS MÁS DESARROLLADOS DE AUF

Sería injusto afirmar que la Política AUF carece de mecanismos de actuación.

Los tiene.

Y algunos son importantes.

Establece que cualquier persona que tome conocimiento de una situación de riesgo deberá comunicarla inmediatamente.

Permite reportar no solamente hechos comprobados, sino también sospechas.

Aclara que no es necesario disponer de pruebas para realizar el reporte.

Permite que comunique tanto la persona afectada como un tercero.

Prevé confidencialidad.

Protección frente a represalias.

Evaluación inicial del riesgo.

Atención especial cuando el afectado es un niño, niña o adolescente.

No revictimización.

Seguimiento.

Y registro institucional de los casos.

Todo ello constituye una base válida.

Pero cuando llegamos a la investigación formal vuelve a aparecer una diferencia considerable con FIFA.

¿QUIÉN INVESTIGA?

La AUF establece que recabará información mediante entrevistas, testimonios u otros elementos.

También señala que podrá solicitar apoyo de áreas técnicas cuando corresponda.

Pero no determina dentro de esta política:

quién investiga;

qué formación debe tener;

cómo se garantiza su independencia;

cómo se resuelven conflictos de interés;

quién entrevista a un menor;

qué preparación debe tener ese entrevistador;

si debe intervenir un equipo multidisciplinario;

ni qué plazos existen.

FIFA desarrolla mucho más esta cuestión.

Habla de investigaciones independientes.

Equipos multidisciplinarios.

Entrevistadores e investigadores formados desde una perspectiva informada por trauma.

Apoyo social, clínico y jurídico.

Y asistencia adecuada para víctimas y testigos.

La diferencia entre “recabar información” y construir un sistema especializado de investigación no es pequeña.

Especialmente cuando el caso puede involucrar a una persona con poder dentro de la propia institución.

¿Y SI EL DENUNCIADO ES QUIEN MANDA?

Esta pregunta debería formar parte de cualquier estructura seria de safeguarding.

¿Qué ocurre si la persona denunciada es:

el coordinador de juveniles;

un entrenador importante;

un miembro de la directiva;

el presidente del club;

un funcionario de la AUF;

o alguien jerárquicamente superior al responsable que recibe el reporte?

Precisamente para estas situaciones existen reglas de independencia, recusación, escalamiento y supervisión.

La Política AUF no las desarrolla.

Y en protección de menores, los vacíos institucionales suelen aparecer justamente cuando el problema involucra a personas con autoridad.

SANCIONAR EL HECHO NO ES LO MISMO QUE SANCIONAR EL INCUMPLIMIENTO DEL SISTEMA

AUF establece que, después del análisis de un caso, “se podrán recomendar medidas institucionales o disciplinarias”.

Pero no existe dentro de estas seis páginas una tipificación específica que permita responder preguntas como:

¿Qué ocurre si un club no capacita a quienes trabajan con menores?

¿Qué ocurre si no establece mecanismos internos?

¿Qué pasa si un dirigente conoce una situación y decide callarla?

¿Qué sucede si existen represalias contra quien denuncia?

¿Qué ocurre si un club no adopta medidas inmediatas para proteger al menor?

¿Existe responsabilidad institucional por encubrimiento?

¿Puede una institución perder una licencia?

¿Puede quedar impedida de participar en competiciones juveniles?

¿Quién determina ese incumplimiento?

Una política obligatoria necesita mecanismos capaces de convertir la obligación en una responsabilidad verificable.

EL PROBLEMA NO SON LAS SEIS PÁGINAS

Sería demasiado simple criticar a la AUF porque su documento tiene solamente seis páginas.

Una política puede ser breve.

No existe ninguna regla que diga que un buen sistema de safeguarding deba medirse por su cantidad de hojas.

La verdadera pregunta es otra.

¿Qué existe detrás de esas seis páginas?

Porque perfectamente podrían existir:

manuales operativos;

códigos de conducta;

procedimientos de safer recruitment;

matrices de riesgo;

formularios;

protocolos de entrevistas;

registros de responsables;

programas obligatorios de capacitación;

procedimientos disciplinarios;

auditorías;

criterios de licenciamiento;

y normas complementarias.

Si existen, deben formar parte del análisis.

Si no existen, entonces la dimensión del problema cambia.

LOS CLUBES: EL ESLABÓN QUE FALTA DEFINIR

La AUF hizo algo significativo.

Declaró que su Política de Salvaguarda es obligatoria también para clubes y ligas.

Pero eso abre una responsabilidad nueva.

Ahora debe quedar claro cómo cumple un club.

No debería depender de interpretar seis páginas.

Un club debería poder responder con precisión:

Tenemos una política.

Tenemos un responsable capacitado.

Tenemos un Código de Conducta.

Tenemos un procedimiento de selección segura.

Evaluamos riesgos.

Formamos a nuestro personal.

Sabemos cómo recibir una preocupación.

Sabemos cuándo escalarla.

Sabemos cómo proteger al menor.

Sabemos qué no debemos investigar internamente por nuestra cuenta.

Sabemos a qué autoridades acudir.

Sabemos qué registros conservar.

Y sabemos que alguien externo puede controlar que realmente hagamos todo eso.

Ese es un sistema.

UNA NORMA NO PROTEGE SOLA

Hay un error frecuente cuando se habla de safeguarding.

Pensar que la protección comienza cuando aparece una víctima.

No.

Cuando un niño llega a una institución deportiva, el sistema ya debería estar funcionando.

Antes del primer entrenamiento.

Antes del primer viaje.

Antes del primer vestuario.

Antes del primer mensaje privado de un entrenador.

Antes del primer problema.

Safeguarding consiste precisamente en intentar que las barreras existan antes de que alguien necesite utilizarlas.

EL PRIMER DIAGNÓSTICO

La Política de Salvaguarda aprobada por la AUF representa un paso institucional que no debe minimizarse.

Es obligatoria.

Incluye expresamente a clubes y ligas.

Introduce el deber de reportar.

Prevé capacitación.

Protección.

Evaluación del riesgo.

Confidencialidad.

Seguimiento.

Y registro.

Todo eso existe y debe reconocerse.

Pero al compararla con la arquitectura establecida por FIFA aparecen vacíos importantes.

Responsables dentro de los clubes.

Políticas propias.

Códigos de conducta.

Safer recruitment.

Evaluaciones sistemáticas de riesgo.

Investigación independiente.

Equipos multidisciplinarios.

Gobernanza.

Supervisión.

Sanciones específicas.

Control de cumplimiento.

Y eventualmente licenciamiento.

No todos esos elementos necesariamente deben estar desarrollados dentro de las seis páginas de una política general.

Pero entonces deben existir fuera de ellas.

Y esa será precisamente la tarea de esta serie:

buscar dónde están.

EL BISTURÍ RECIÉN EMPIEZA

No se trata de afirmar que la AUF no hizo nada.

Tampoco de concluir anticipadamente que el sistema no existe.

Se trata de algo más sencillo y, al mismo tiempo, más exigente:

verificarlo.

Documento por documento.

Punto por punto.

Obligación por obligación.

Porque cuando hablamos de niños, niñas y adolescentes, una política no debería medirse por lo que promete.

Debería poder medirse por lo que obliga a hacer, por quién debe hacerlo, por quién controla que se haga y por qué ocurre cuando alguien decide no hacerlo.

En el próximo capítulo el bisturí irá directamente sobre los clubes.

¿Qué debería tener hoy una institución que trabaja con menores?

¿Debe cada club contar con su propia Política de Salvaguarda?

¿Quién debería ser su Responsable de Safeguarding?

¿Qué autoridad tendría?

¿Qué debería hacer cuando recibe una preocupación?

¿Qué Código de Conducta deberían firmar entrenadores, dirigentes, funcionarios y voluntarios?

¿Y quién puede asegurar hoy que esas estructuras existen en los clubes del fútbol uruguayo?

Porque después de esta primera comparación queda planteada la pregunta que acompañará toda la investigación:

¿La AUF construyó un sistema de safeguarding o cumplió un requisito?