Después de recorrer decenas de países y caminar por ciudades muy diferentes, aprendí que los paisajes cambian, los idiomas cambian y las costumbres cambian, pero muchas de nuestras inquietudes se parecen.
Esta escena podría haber ocurrido en cualquiera de esas ciudades.
Sin embargo, al volver hoy sobre estas palabras, prefiero situarla en Tortona, Italia, la última ciudad que sentí verdaderamente mía.
Una tarde decidí dejar el reloj en casa, apagar el teléfono y salir a caminar sin una dirección determinada.
No quería llegar rápido a ningún lugar.
Solo quería observar.
Caminar sin mirar la hora permite descubrir cosas que normalmente pasan inadvertidas: personas que corren sin saber muy bien hacia dónde, conversaciones interrumpidas por una pantalla, miradas que ya no se encuentran y silencios que parecen incómodos.
Mientras avanzaba por las calles de Tortona, comencé a preguntarme cuánto tiempo hacía que no caminábamos simplemente para mirar, escuchar y sentir.
Vivimos acelerados.
Queremos respuestas inmediatas, resultados rápidos y soluciones que no exijan espera.
Y entonces apareció una pregunta tan sencilla como difícil de responder:
¿Qué nos pasa?
La sociedad del microondas
Nos acostumbramos a vivir con prisa.
Queremos que todo suceda ahora.
La comida debe estar lista en minutos. Los mensajes necesitan una respuesta inmediata. Las noticias envejecen en pocas horas y una imagen deja de interesarnos apenas aparece la siguiente.
Nos incomoda esperar.
Esperar una respuesta.
Esperar una oportunidad.
Esperar que una relación madure.
Esperar que un proyecto crezca.
Esperar que una herida cierre.
Convertimos la velocidad en una medida de eficiencia y confundimos lo inmediato con lo importante.
Pero no todo lo que llega rápido tiene profundidad.
Hay cosas que necesitan tiempo.
Una amistad necesita tiempo.
La confianza necesita tiempo.
La educación necesita tiempo.
Un niño necesita tiempo para descubrir quién es, equivocarse, aprender y volver a intentarlo.
También nosotros necesitamos tiempo para comprender lo que sentimos.
Sin embargo, vivimos como si detenernos fuera una derrota.
Corremos para llegar antes y, muchas veces, cuando finalmente llegamos, ya no recordamos por qué habíamos comenzado el camino.
Cuando todo se convierte en mercancía
La velocidad también cambió nuestra relación con las cosas.
Compramos, utilizamos y reemplazamos.
Un objeto deja de servirnos no siempre porque esté roto, sino porque apareció otro más nuevo.
La ropa, los teléfonos, los autos y las experiencias se convierten en señales de éxito.
Poco a poco, empezamos a medir nuestro valor por lo que mostramos y no por lo que somos.
El problema comienza cuando esa misma lógica se traslada a las personas.
También las relaciones parecen volverse descartables.
Cuando alguien deja de responder a nuestras expectativas, lo sustituimos.
Cuando una amistad exige paciencia, nos alejamos.
Cuando una persona atraviesa un momento difícil, muchas veces la consideramos una carga.
La sociedad que desecha objetos termina corriendo el riesgo de desechar también afectos, historias y seres humanos.
Nos enseñaron a consumir, pero no siempre a cuidar.
Nos enseñaron a conquistar, pero no siempre a conservar.
Nos enseñaron a exhibir nuestros logros, pero muy pocas veces a reconocer nuestras fragilidades.
La arrogancia de sentirnos superiores
Otra de las grandes enfermedades de nuestro tiempo es la necesidad de sentirnos por encima de los demás.
Opinamos sobre la vida ajena con una facilidad sorprendente.
Juzgamos decisiones que no tuvimos que tomar.
Criticamos caminos que nunca recorrimos.
Señalamos errores sin conocer las batallas que cada persona lleva por dentro.
Las redes sociales aumentaron esa sensación de estar permanentemente observando y siendo observados.
Mostramos una versión seleccionada de nuestra vida y la comparamos con la versión seleccionada de la vida de los demás.
Así nacen la frustración, la envidia y una competencia silenciosa por demostrar quién es más feliz, más exitoso o más importante.
Pero nadie publica todas sus dudas.
Nadie muestra cada caída.
Nadie fotografía todas las noches en las que no sabe cómo continuar.
Detrás de muchas sonrisas existe cansancio.
Detrás de muchas certezas existe miedo.
Detrás de muchas actitudes arrogantes puede esconderse una profunda inseguridad.
Tal vez ser humildes no consista en sentirnos menos que los demás, sino en recordar que todos somos vulnerables.
Cada persona sabe algo que nosotros ignoramos.
Cada persona ha atravesado experiencias que podrían enseñarnos.
Y hasta el ser humano más sencillo puede tener una historia capaz de cambiar nuestra manera de mirar el mundo.
Volver a lo simple.
Durante aquella caminata comprendí que muchas de las cosas que verdaderamente nos hacen bien no cuestan dinero.
Una conversación sin mirar el teléfono.
Un café compartido sin apuro.
Una caminata.
El abrazo de alguien que nos conoce de verdad.
La tranquilidad de sentarnos en silencio junto a una persona sin sentir la obligación de llenar cada instante con palabras.
Hemos complicado tanto la vida que lo sencillo parece insuficiente.
Pero quizá la felicidad nunca estuvo en acumular más.
Tal vez estuvo siempre en aprender a valorar lo que ya teníamos.
Una casa no necesita ser enorme para convertirse en hogar.
Una mesa no necesita estar llena para reunir a quienes se quieren.
Una persona no necesita tener miles de seguidores para no sentirse sola.
Lo esencial suele hacer menos ruido.
No exige ser fotografiado.
No necesita aprobación.
Simplemente permanece.
Aprender a reconocernos
Detenerse también significa mirarse por dentro.
Y eso no siempre resulta agradable.
Es más fácil señalar lo que hacen mal los demás que reconocer nuestras propias contradicciones.
Pedimos sinceridad, pero a veces nos molesta escuchar la verdad.
Pedimos respeto, pero no siempre respetamos.
Queremos ser comprendidos, aunque muchas veces no hacemos el esfuerzo de comprender.
Nos quejamos de una sociedad fría mientras caminamos sin mirar a quien está a nuestro lado.
Criticamos la indiferencia, pero seguimos de largo frente al dolor que no nos pertenece.
Cambiar el mundo parece una tarea gigantesca.
Sin embargo, muchas transformaciones comienzan en gestos pequeños.
Escuchar antes de responder.
Preguntar antes de juzgar.
Acompañar sin intentar controlar.
Pedir perdón.
Dar las gracias.
Reconocer un error.
Mirar a los ojos.
Ninguno de esos actos aparecerá en las noticias.
Pero puede cambiar por completo el día de una persona.
El tiempo que dejamos escapar
A menudo vivimos pensando en lo que haremos después.
Después del trabajo.
Después de terminar un proyecto.
Después de resolver los problemas económicos.
Después de que los hijos crezcan.
Después de jubilarnos.
Posponemos conversaciones, visitas, viajes y abrazos como si tuviéramos la certeza de que siempre habrá otra oportunidad.
Pero el tiempo no avisa.
Un día miramos hacia atrás y descubrimos que aquello que considerábamos cotidiano era, en realidad, irrepetible.
La voz de alguien.
Una comida en familia.
Una calle que recorríamos todos los días.
La habitación de nuestros hijos cuando todavía eran pequeños.
Una persona que creíamos que estaría siempre.
Entonces pensamos:
Qué rápido pasó el tiempo.
Quizá no sea el tiempo el que pasa demasiado rápido.
Quizá somos nosotros quienes pasamos por él sin detenernos a vivirlo.
Regresar a la realidad
Al finalizar aquella caminata, el mundo seguía funcionando de la misma manera.
Los autos continuaban circulando.
Las personas seguían mirando sus teléfonos.
Los comercios permanecían abiertos y las obligaciones me esperaban.
Nada había cambiado afuera.
Pero algo había cambiado en mi manera de observar.
Comprendí que no podemos abandonar completamente la velocidad del mundo actual.
Tenemos responsabilidades, horarios, compromisos y problemas que no desaparecen simplemente porque decidamos caminar más despacio.
Pero sí podemos elegir algunos momentos.
Podemos apagar el teléfono durante una conversación.
Podemos escuchar sin preparar inmediatamente una respuesta.
Podemos volver a casa sin sentir que cada minuto debe producir algo.
Podemos recordar que una persona vale más que su cargo, su dinero, su apariencia o la cantidad de aprobación que recibe.
Podemos intentar vivir con más presencia.
Tal vez esa sea la respuesta a la pregunta que me acompañó durante toda la caminata.
¿Qué nos pasa?
Nos pasa que corremos demasiado.
Nos pasa que acumulamos cosas y perdemos momentos.
Nos pasa que hablamos mucho y escuchamos poco.
Nos pasa que buscamos ser vistos, pero muchas veces olvidamos mirar.
Y nos pasa que, mientras perseguimos una vida extraordinaria, corremos el riesgo de no reconocer la belleza de la vida que ya tenemos.
Cuando regresé, el café que había dejado sobre la mesa estaba frío.
Lo miré durante unos segundos, pensando en todo lo que acababa de comprender sobre la paciencia, la espera y la necesidad de vivir más despacio.
Después lo puse en el microondas.


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