domingo, 20 de septiembre de 2026

Santiago Arias. La acusación corrió gritando. La retractación llegó leyendo.

Santiago Arias, futbolista de Cienciano, retiró su acusación contra un dirigente de Montevideo City Torque y reconoció que no tenía sustento. Pero una declaración se puede retirar. La sospecha que dejó circulando no se recoge tan fácilmente.

Santiago Arias con la indumentaria de Cienciano

Santiago Arias, futbolista de Cienciano. Foto: Cienciano, vía RPP.

Hay una diferencia entre decir que te perjudicó un árbitro y afirmar que un dirigente ofreció dinero para que tus compañeros se hicieran expulsar.

No es una cuestión de tono. Es una cuestión de responsabilidad.

Santiago Arias pasó de una discusión sobre las chicanas de Montevideo City Torque en redes a formular una acusación que comprometía la honestidad de personas y la integridad de una competición. Incluso sostuvo que podía revelar el monto del supuesto ofrecimiento. Después retiró sus afirmaciones. La declaración inicial fue recogida por RPP.

Entre una declaración y la otra quedó una pregunta que el fútbol suele resolver demasiado rápido:

¿Con pedir disculpas alcanza?

Una cosa es chicanear. Otra es acusar.

El fútbol conoce la chicana desde mucho antes de que existieran los administradores de redes. En el barrio, en el trabajo o en el almacén, un clásico podía dar material para toda la semana.

Ahora la chicana tiene diseñador, estadísticas y una cuenta institucional.

Puede gustar o parecer una estupidez. Se puede responder, ignorar o cuestionar. Pero ninguna provocación convierte una acusación de corrupción en una herramienta aceptable para devolver el golpe.

Ahí se terminó el chiste.

Porque ya no se está discutiendo quién tiene más historia, más hinchas o más copas. Se está señalando a alguien por una conducta gravísima. Y el que escucha tiene derecho a preguntar de dónde salió semejante afirmación.

La camiseta no puede funcionar como certificado de veracidad.

Lo que Arias reconoció

En la retractación recogida por los medios el 20 de septiembre, Arias admitió que su afirmación carecía de sustento y que "no correspondía a la realidad de los hechos". También pidió disculpas a las personas e instituciones afectadas.

Es una rectificación inequívoca. Corresponde reconocerlo.

Y tampoco hay nada malo en leer una declaración preparada. Ante algo tan serio, cuidar las palabras es lo que corresponde. El problema es que ese cuidado también hacía falta antes.

No sabemos quién redactó el texto ni qué conversaciones hubo alrededor. No hace falta inventarlas para señalar lo evidente: la firmeza con la que se acusa no reemplaza el sustento de lo que se dice.

¿La disculpa encuentra a todos?

Un video puede llegar a una persona que nunca verá el siguiente. Un titular puede quedarse en la memoria de alguien que no vuelva a abrir ese medio.

No tenemos una medición completa que permita afirmar cuánto circuló cada declaración de Arias. Pero publicar una rectificación no garantiza que la reciban todos los que conocieron la acusación.

Y ahí queda ese comentario tan cómodo como injusto.

"Por algo lo habrá dicho".

Aunque quien lo dijo ya haya reconocido que no tenía fundamento.

Así puede sobrevivir una sospecha. Deja de necesitar pruebas porque encuentra gente dispuesta a conservarla. Al señalado se le termina exigiendo que demuestre que algo no ocurrió, mientras la afirmación original continúa viajando sin equipaje.

El periodismo también tiene que hacerse cargo

Informar una acusación relevante es parte del trabajo. Presentarla como un hecho comprobado es otra cosa.

Un título que afirma que hubo un soborno dice algo distinto de uno que explica que un jugador formuló una acusación. Esa diferencia cambia lo que entiende el lector y la responsabilidad de quien publica.

Si una declaración mereció portada, video y difusión en redes, su retractación merece un esfuerzo comparable. No porque alguien lo pida por favor, sino porque la información cambió y el público tiene que saberlo.

Esto también nos alcanza a quienes comentamos fútbol desde una cuenta personal. No podemos pedir rigor a los medios y después compartir cualquier cosa porque confirma lo que pensamos del rival.

La obligación de corregir también juega con nuestra camiseta.

Denunciar debe seguir siendo posible

Exigir responsabilidad no puede convertirse en una forma de asustar a quien tenga información real sobre una irregularidad.

Nadie debería necesitar resolver una investigación completa antes de comunicar una sospecha fundada a las autoridades correspondientes. Para eso existen las investigaciones: para reunir elementos, contrastar versiones y determinar qué ocurrió.

Pero hay que distinguir lo que uno sabe de primera mano, lo que le contaron y lo que supone. Aportar los elementos disponibles y decir con claridad cuáles son sus límites.

Es muy diferente comunicar información para que se investigue que presentar públicamente como certeza algo que después uno mismo reconoce que carecía de fundamento.

La integridad del fútbol necesita denuncias serias. También necesita que una acusación no se use como munición después de perder.

Hacerse cargo sin organizar otra cacería

Arias se retractó y pidió disculpas. Eso importa. Convertirlo ahora en blanco de insultos interminables tampoco repararía nada.

Podemos cuestionar una conducta sin reducir a una persona para siempre a ese episodio.

Pero aceptar una disculpa y considerar reparado todo el daño son cosas que no necesariamente ocurren al mismo tiempo. Quienes fueron señalados también tienen algo que decir. Y cualquier consecuencia institucional deberá evaluarse por las vías correspondientes, sin que nosotros inventemos sanciones desde una publicación.

La responsabilidad empieza por reconocer lo dicho. Sigue en el esfuerzo por corregirlo. No termina necesariamente cuando se apaga la cámara.

La palabra también deja marca

El fútbol habla mucho de códigos, pero a veces le cuesta cumplir uno bastante elemental: hacerse responsable de lo que se afirma sobre otro.

No alcanza con hablar convencido. No alcanza con estar caliente. No alcanza con que el rival haya publicado una chicana.

La bronca puede explicar una reacción. No convierte esa reacción en verdad.

En una cancha se puede anular un gol y volver al marcador anterior. Con una acusación pública no existe ese botón.

Se puede rectificar. Se debe rectificar. Pero nadie puede garantizar que la corrección llegue a cada lugar donde entró la sospecha.

Si pusiste a alguien bajo sospecha delante de todos, delante de todos tenés que corregirte. Y con las mismas ganas de ser escuchado.

G. Russo · En la Lupa

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