Un día, el fútbol uruguayo se paró frente al espejo de la vida y preguntó:
—Decime,
espejo… ¿quién ganó tanto en el fútbol siendo tan pequeño? ¿Quién fue campeón
del mundo, campeón olímpico, dueño de quince Copas América y gigante con apenas
tres millones de almas?
El espejo no
respondió enseguida.
Uruguay se
acomodó la camiseta, levantó el pecho y habló como hablan los pueblos cuando
sienten que les tocan la memoria:
—Soy Maracaná.
Soy Obdulio. Soy Nasazzi. Soy las cuatro estrellas. Soy la garra. Soy el “vamo
arriba”. Soy el paisito que no se rinde. Soy la camiseta que pesa. Soy la
historia que otros miran con respeto.
El espejo lo
escuchó en silencio. Después le preguntó:
—Ok. Eso
fuiste. Y fue hermoso. Pero hoy… ¿quién sos?
El fútbol
uruguayo bajó la mirada. Le incomodó el silencio, porque el silencio no
aplaude, no discute, no grita: apenas obliga a escuchar.
Entonces buscó hacia adentro la respuesta.
Y por primera
vez no encontró una copa.
No encontró
Maracaná.
No encontró a
Obdulio.
No encontró una
estrella.
Encontró una
pregunta esperando desde hacía años.
Quizás el
fútbol nos incomoda tanto porque no habla solo de fútbol.
Habla de
nosotros.
De nuestra
manera de mirar la vida.
De nuestra
forma de reír y de sufrir.
De nuestro
orgullo.
De esa
costumbre tan nuestra de aguantar en silencio y después llamar fortaleza a lo
que muchas veces fue dolor escondido.
Nos enseñaron,
como a tantos niños de antes, que llorar no era de hombre.
Nos dijeron que
la sensibilidad era debilidad.
Que la ternura
era rareza.
Que había que
apretar los dientes.
Que había que
bancar.
Que la tristeza
se tragaba.
Que la
vergüenza se disimulaba.
Que mostrarse
frágil era perder algo.
Y así fuimos
quedando presos. No solo de una forma de jugar. También de una forma de vivir.
Presos de un
orgullo que muchas veces nos salvó, pero otras veces nos dejó encerrados.
Presos de una uruguayez
maquillada, pero triste.
Presos de una
historia que nos enseñó a resistir, pero no siempre a sanar.
Hubo épocas
oscuras en las que también nos vendieron celebraciones, algún Mundialito y
épica mientras el país aprendía a callar y desaprendía a bailar.
Y quizás algo
de ese silencio quedó adentro.
En la garganta.
En la cancha.
En la casa.
En la manera de
sufrir sin decir demasiado.
Tal vez por eso
nos cuesta tanto bailar con la vida en colores.
Porque durante
años aprendimos a sobrevivir en gris.
A celebrar con
el cuerpo duro.
A llorar hacia
adentro.
A llamar
carácter a lo que muchas veces era miedo.
A llamar ADN a
lo que quizás era una herida heredada.
Pero la
sensibilidad también es parte del ADN.
La duda
también.
La capacidad de
cambiar también.
Un pueblo no
deja de ser valiente porque llora.
Un hombre no
deja de ser hombre porque se quiebra.
Un país no
pierde su identidad porque se anima a mirarse de nuevo
Y ahí aparece
otro miedo.
El miedo a que
nos cambien.
El miedo a que
nos roben algo.
El miedo a que
tocar una idea sea tocar la patria.
El miedo a que
revisar una costumbre sea traicionar la idiosincrasia.
El miedo a que
crecer sea faltarle el respeto a los muertos.
Como si la
identidad fuera una pieza única, cerrada, perfecta e intocable.
Pero no lo es.
La historia
debe ser raíz. No cadena.
La gloria debe
alumbrar. No exigirle al presente que viva de rodillas frente a una estatua.
El ADN de un
pueblo no es una pieza de museo.
No es algo
quieto, sagrado e inmóvil.
También se
mueve.
También
aprende.
También se
adapta.
También
sobrevive porque cambia.
Pero quizás
debe animarse a preguntarse si todo lo que llama identidad sigue siendo
identidad… o si una parte ya es miedo disfrazado de orgullo.
Porque también
hay relatos que se venden.
Nos venden
nostalgia como si fuera futuro.
Nos venden
garra como si fuera proyecto.
Nos venden
resistencia como si fuera evolución.
Nos venden
épica como si alcanzara para ganar.
Nos venden
miedo al cambio como si fuera fidelidad a la historia.
Y mientras un
pueblo futbolero discute si cambiar nos roba el alma, hay quienes viven muy
bien cuidando que nada cambie.
Conviene a
quienes dirigen sin transformar.
Conviene a
quienes opinan sin incomodar demasiado, porque también hay silencios que se
premian.
Conviene a
quienes encontraron en la nostalgia una forma de poder.
Conviene a
quienes necesitan que sigamos creyendo que cambiar es traicionar.
Pero no todo lo
que nos venden como identidad nos pertenece realmente.
A veces nos
venden un relato viejo con camiseta nueva.
Y eso también
lo lleva el uruguayo que está afuera.
El que mira la
camiseta desde lejos.
El que escucha
el himno lejos del país y se le quiebra algo adentro.
El que extraña
una rambla, un barrio, una mesa familiar, un mate compartido.
El uruguayo que
está lejos y que muchas veces llora en silencio, porque también aprendió que la
nostalgia se lleva con dignidad y no se muestra demasiado.
Porque Uruguay
no está solo dentro de Uruguay.
También está en
las valijas.
En los
aeropuertos.
En los domingos
lejos.
En los mensajes
de madrugada.
En esa forma
rara de extrañar sin hacer demasiado ruido.
… En la pelota contra el cordón de la vereda.
Tal vez por eso
el espejo incomoda.
Porque nos
muestra que el fútbol es una manera de contarnos quiénes somos.
Y a veces,
cuando el relato se vuelve demasiado cómodo, empezamos a repetirlo para no
tener que mirarnos de nuevo.
Entonces, por
primera vez, el fútbol uruguayo delante del espejo no respondió con una copa.
No respondió
con Maracaná.
No respondió
con Obdulio.
No respondió con una estrella.
Respiró. Corrió
las cortinas, abrió las ventanas, dejó entrar el aire y volvio a respirar.
Se miró un poco
más.
Y dijo:
—No sé del todo
quién soy. Pero sé que no quiero seguir confundiendo orgullo con miedo. No
quiero seguir escondiéndome detrás de quien fui. Quiero poder cambiar sin
sentir que traiciono mi historia.
Ahí empieza el
verdadero debate.
No sobre una
conferencia.
No sobre si la Fifa
no nos deja avanzar.
No sobre un
resultado.
Sobre nosotros.
Sobre lo que
defendemos.
Sobre lo que
negamos.
Sobre lo que
escondimos debajo de la alfombra.
Sobre el país
que fuimos.
Sobre el país
que somos.
Sobre el fútbol
que queremos.
Porque quizás
cambiar no sea perder el ADN.
Quizás cambiar
sea la única forma de impedir que ese ADN se convierta en estatua.
Y a veces lo
que incomoda no es el pensamiento.
Es el espejo
que ese pensamiento nos pone delante.
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